El capo ha vuelto

La historia del supuesto robo continuado de dinero —más de 600.000 euros— por parte del ya exresponsable financiero de Sinpromi, Andrés Pereira, podría ser simplemente la de otro individuo más que se aprovecha de su cargo para enriquecerse. Sin embargo, estamos ante un caso diferente que ilustra a la perfección hasta dónde es capaz de llegar la infinita capacidad de justificación del ser humano.

La figura del que era también presidente del equipo de fútbol sala Uruguay-Tenerife provoca sentimientos encontrados. Los responsables de la empresa en la que trabajaba hasta que lo echaron al enterarse del desfalco que al parecer obró, reprochan su actuación y se lamentan de haber confiado en alguien que acabó haciéndoles tal rastrera jugarreta. Pero a la vez oímos a varios miembros del club alabando al presunto corrupto; “es una buena persona”, afirman.

El capitán del equipo dice que no tiene nada que echar en cara a Pereira, y justifica su postura en lo bien que este se ha portado con ellos desde siempre. Es incapaz de condenar un proceder que incluso puede ocasionar la desaparición del propio club, y mandarlo a él y a todos sus compañeros a la calle. Pero no, no tiene nada que recriminarle.

Cuesta entender cómo esos mismos jugadores, incapaces de afear la conducta de su expresidente, piden entre lágrimas a la sociedad tinerfeña (al fin y al cabo, la misma a la que su querido Pereira ha engañado), que los apoye para evitar la desaparición del Uruguay-Tenerife.

A las organizaciones políticas situadas en la órbita de la banda terrorista ETA se les ha exigido siempre, como requisito previo para su admisión en el tablero democrático, que condenen la violencia ETA. Es el mínimo, la base sobre la que después se podrá empezar a construir todo lo demás. Quizá al Uruguay-Tenerife habría que pedirle lo mismo. ¡Sería tan sencillo reprobar la actuación de Andrés Pereira! Bastaría con que manifestaran públicamente que les ha defraudado y que deploran lo que ha hecho. Y por qué no, de paso podrían pedir perdón a Sinpromi y a los discapacitados que la integran por haber recibido dinero suyo a través de Andrés Pereira, aunque desconocieran el origen verdadero de esos fondos (que se sepa hasta ahora pudo haber desviado hacia el club unos 80.000 euros).

¿Cómo se explica esta visión tan, en apariencia, distorsionada? Posiblemente no les hayamos escuchado censurar a su antiguo presidente porque no pueden hacerlo. Andrés era (es) alguien afable, simpático y persuasivo. Una especie de padre que estaba ahí cuando se le necesitaba. Ese gran amigo del alma que un día pagaba el arreglo de una dentadura y al otro viajes de placer a Estados Unidos (presuntamente). Es difícil borrar de un plumazo una relación que se ha ido forjando tan intensamente durante años. Resulta imposible olvidar a alguien que además ha sido el artífice de una hazaña inalcanzable hace solo un par de temporadas. Elevó en un tiempo récord al Uruguay-Tenerife a la cúspide del fútbol sala español, y con ello concedió a los jugadores una alegría personal y profesional que probablemente jamás imaginaron vivir. Los sacó de la nada y los convirtió en sujetos exitosos y admirables en el ámbito deportivo.

Así que de Andrés Pereira se podrían escribir dos artículos: ambos con argumentos completamente opuestos y, paradójicamente, ambos ciertos. Uno detallaría lo perverso que ha sido, criticaría las argucias que hipotéticamente orquestó para saquear las arcas de Sinpromi. Afirmaría que alguien capaz de tratar así a los discapacitados a los que representaba debe ir a la cárcel y pagar como merece por su indignidad. Pero, oh la lá!, se podría contar lo inverso también. Si lo escribiera alguien que lo ha tratado personalmente, le faltarían líneas para hablar de lo grandísimo ser humano que es, de su mano tendida y siempre dispuesta a ayudar. Exacto, un auténtico y contemporáneo Robin Hood. Ese hombre, Andrés: dios o diablo según quién opine sobre él.

Si fuera verdad que al día siguiente de estallar el escándalo creó un grupo de whatsapp con los jugadores al que puso el nombre de “El capo ha vuelto”, estaríamos, además de ante un supuesto delincuente y una estupenda persona, frente a alguien que vive en el límite de la realidad. Reflejaría a un individuo con una personalidad dicotómica alucinante. Un candidato a un pormenorizado y riguroso estudio psicológico que esclareciera cómo demonios funciona su mente.

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El hombre que perdió la cabeza

Una semana después de la decapitación de una mujer británica en Tenerife a manos de un joven indigente búlgaro, aún nadie se explica qué pudo pasar en la mente del asesino

Algo más macabro y sin sentido de lo que una persona con mucha imaginación podía haberse figurado ocurrió el pasado viernes 13 en la localidad turística de Los Cristianos (Arona), en Tenerife. Fue el día en el que un hombre perdió la cabeza. En el que el búlgaro Deyan Deyanov decapitó a la británica Jennifer Mills -a la que no conocía de nada- cuando esta se encontraba comprando tranquilamente en un bazar chino.

Jennifer, de 60 años, había adquirido su apartamento en Los Cristianos hace una década, cuando eligió este enclave del sur de Tenerife (en el que habitan unas 20.000 personas) como el mejor sitio para retirarse tras toda una vida de trabajo en una aseguradora. El apacible complejo en el que residía gran parte del año se encuentra en su mayoría habitado por ingleses, decididos como su compatriota a disfrutar de una jubilación bajo el sol. Es un conjunto de apartamentos blanco y coqueto, algo laberíntico y en el que los vecinos prefieren pasar desapercibidos, por lo que evitan hacer comentarios sobre lo sucedido. “Le tocó y le tocó”, señala resignado uno de los pocos que habla español, que recuerda que era una persona muy educada “que siempre saludaba”.

No se sabe exactamente qué hizo la mujer desde que salió de su casa y hasta que llegó a la tienda; quizá comprar el pan o arreglar algún papel en el Ayuntamiento. Lo que sí es seguro es que tuvo la mala fortuna de estar en el lugar equivocado en el peor momento posible.

Fueron en total tres minutos; casi se tarda más en contarlo. Jennifer se hallaba poco después de las 10 de la mañana de ese día comprando en el bazar chino Más artículos mejor precio, de donde era clienta habitual. Entretanto, Deyan aparece en la tienda. Nada más entrar, coge un cuchillo jamonero de hoja fina que encuentra en uno de los estantes y camina por los pasillos del comercio hasta que se topa con la víctima, allí, a unos metros de distancia. Ella lo ve y sigue a lo suyo. Pero inmediatamente vuelve a mirarlo y da un respingo al darse cuenta del arma que el hombre lleva en la mano. No tiene tiempo para otra cosa antes de que él se abalance sobre ella, la tumbe en el suelo de espaldas, se coloque encima y comience a cortarle el cuello con el cuchillo. No la golpea ni la apuñala en ninguna otra parte del cuerpo; simplemente empieza a cortar sin más mientras está viva, llevándose por delante hueso, músculo, tendones…

El relato corresponde a lo que se ve en la grabación de la cámara de seguridad del comercio, que lo recogió todo y que se encuentra en poder de la juez. En las imágenes se aprecia además cómo una pareja de mediana edad que también está en el establecimiento trata de acercarse para ayudar a Jennifer, aunque al aproximarse al lugar y darse cuenta de la barbaridad de lo que está ocurriendo huye de allí despavorida.

Antes de que el agresor haya terminado, en la calle ya saben lo que está pasando dentro. Los gritos de “¡asesino!, ¡asesino!” de los empleados y clientes que salen disparados provocan el revuelo en el exterior y hace que los viandantes avisen al 112. Por eso, en menos de dos minutos ya hay allí una ambulancia procedente del centro de salud situado a escasos metros del bazar. De ella se baja un enfermero que se interna en el comercio. A los pocos segundos se le ve salir solo. Tiene la cara pálida y desencajada y lo único que puede hacer ya por la víctima es llamar a la policía por la emisora para que venga lo antes posible.

Al tiempo, por la otra puerta de la tienda aparece Deyan Deyanov. Camina como si tal cosa con la cabeza de Jennifer en la mano, que lleva agarrada por los pelos a modo de trofeo mientras de ella cae un chorro de sangre que va dibujando un rastro rojo en el suelo a medida que avanza. Y va gritando: “¡Soy Dios!, ¡soy Dios!”. Tony, el guardia de seguridad del Registro de la Propiedad situado enfrente de la tienda, alertado por una compañera de trabajo, no se lo piensa. Sale corriendo hacia él y le golpea repetidamente con su porra en la mano hasta que logra que suelte la cabeza de la víctima.

“El uniforme se me llenó de la sangre que salpicaba la cabeza al agitarse con el forcejeo y hubo un momento en el que hasta me llegó a dar pena el hombre de lo fuerte que le pegué para que la liberara”, dice Tony, aunque lo que más le llamó la atención fue la expresión de la cara de Jennifer, que se le ha quedado grabada en su mente: “Tenía los ojos y la boca muy abiertos; era un gesto de pánico absoluto”. La cabeza salió rodando unos metros y allí se quedó, tapada con una manta que alguien tuvo los reflejos de colocarle encima inmediatamente. Deyan continuó corriendo calle abajo hasta que varios viandantes lograron tirarlo al suelo y retenerlo en lo que llegaba la policía, que procedió a su detención.

 

“Llámame Dios”

El delirio criminal se instaló en alguna parte del cerebro de Deyanov hace algún tiempo. Una de las personas que había tenido la oportunidad de comprobarlo fue su última novia, Raquel, a la que meses atrás amenazó con matar por no querer llamarlo “Dios”, como él le pedía. Fue ese y otros comportamientos parecidos los que llevaron a las autoridades inglesas a internarlo en un centro psiquiátrico de ese país a finales de 2010 -Deyan había viajado a Reino Unido para visitar a una tía suya-. Una vez salió del centro a principios de este año, no está claro aún si porque le dieron el alta médica o porque se fugó, puso rumbo a Tenerife, donde ha vivido todos estos meses en una casa abandonada situada en la playa de Los Cristianos.

Deyan ya había advertido de que era capaz de cualquier cosa. “Voy a hacer algo grande”, se le oyó decir más de una vez en las últimas semanas. Y parece que ese era definitivamente el día que había elegido para consumar su apocalíptica profecía. Porque media hora antes del crimen había entrado en otra tienda de la localidad para pedir un cuchillo “así de grande”, petición que acompañó con un gesto de sus manos, que separó más de 40 centímetros para que el tendero supiera a qué dimensiones estaba haciendo referencia. A la pregunta de éste de para qué lo quería, el búlgaro le respondió: “Para matar a alguien”. La reacción del comerciante, que no se lo tomó en serio, fue simplemente la de echarlo de la tienda.

A pesar de que el agresor vivía en la indigencia en el sur de Tenerife, su situación económica no había sido siempre tan precaria. Hijo de un dirigente del Partido Comunista de Bulgaria, su familia gozó durante mucho tiempo de una posición holgada, pero la desmembración que tuvo lugar en Europa del Este tras la caída del Muro a finales de los ochenta supuso también la progresiva pérdida del estatus económico del que se había beneficiado. ¿Qué pasó desde entonces hasta el fatídico viernes 13 de junio pasado?

La historia de la vida del joven búlgaro está repleta, señalan los que lo han conocido, de reacciones y comportamientos violentos y de problemas con las drogas. De lo primero hay otros ejemplos recientes, como cuando no hace mucho golpeó en la boca con una piedra a un vigilante de seguridad de Los Cristianos, al que arrancó cuatro dientes. Tampoco en este caso hubo provocación previa, según cuenta el afectado, Fermín, que recuerda cómo tras la agresión, Deyan se puso a cuatro patas sobre la acera, él le propinó una patada y aquél salió corriendo.

Más traumática es la experiencia de la chica con la que este individuo engendró una hija que ahora tiene siete años. En una discusión de pareja, él cogió un cuchillo y le dio a elegir entre a quien mataba: a ella o a la niña. Era quizá el primer coqueteo serio de Deyan con su versión verdugo, que alcanzaría su máxima expresión con la decapitación de Jennifer.

Ahora, el agresor permanece internado en el área de Psiquiatría del Hospital Universitario de La Candelaria de Tenerife a la espera de lo que decida el juzgado de Arona que lleva el caso. La familia de la fallecida no se explica cómo pudo ocurrir algo así a una persona “con tantas ganas de vivir y que siempre tenía una sonrisa en la cara”, justo un viernes 13, el día de la mala suerte en la cultura anglosajona.

¿Sorprende el escándalo del tranvía de Tenerife?

Las imágenes de la violencia en el tranvía de Tenerife, que probablemente ya hayáis visto porque han dado la vuelta a España, me dan una pena enorme. Y dicho lo que todo el mundo ha dicho, ahora digo otra cosa: que no me sorprenden. El tranvía se ha convertido en un pequeño laboratorio donde se mezclan todas las clases de individuos que pueblan la isla; en un amargo escaparate del microcosmos de la sociedad tinerfeña en el que hay gente más educada y menos, más integrada en la sociedad y nada integrada, cívica e incívica. Y todos metidos en ese cacharro, juntos por unos minutos.

Quien viva aquí sabe que salir del centro de Santa Cruz o de La Laguna supone entrar en otro mundo, en algunos casos, de barriadas semi abandonadas a su suerte donde la marginalidad, la pobreza, y en ocasiones la delincuencia, mandan. Y es por eso por lo que no me resulta nuevo todo esto. El tranvía acaba de poner ante nuestros ojos lo que somos. Sí, así somos, porque esos son nuestros hijos, o los amigos de nuestros hijos, o en algunos casos, nosotros mismos.

No sé si estáis de acuerdo conmigo, pero incrementar la seguridad en el tranvía no será diferente a tratar de utilizar una tirita para un paciente que precisaría de un vendaje completo para su cura. Porque una parte considerable de la población del Área Metropolitana de Tenerife vive una vida muy diferente a la del centro de la ciudad, donde las calles peatonales, los comercios y el ambiente agradable no dejan tiempo para fijarse en la otra realidad. Así que por mucho que queramos, nos queda demasiado camino que recorrer para parecernos a otros lugares de España o Europa -a la que también pertenecemos-.

Disculpad si hoy no tengo ganas de bromas. Y eso que me planteé este blog como un lugar para ser un poco más feliz. Pero hay veces que Tenerife me avergüenza.

Lo de antes

Lo que se veía. Foto: Octavio Toledo.

Lo de antes de un partido del Tenerife me refiero. No veas todo lo que se mueve el rato previo a que comience un encuentro. El de hoy era contra el Nástic de Tarragona. A eso de las dos de la tarde empezaron a aparecer los policías que custodian la zona de Tomé Cano donde no dejan aparcar coches para facilitar la entrada y salida del público. Comienza el jaleo.

La grúa se lleva un par de vehículos que no han atendido a la advertencia de “no aparcar” hoy domingo allí. Cabreo de los propietarios. Compruebo que los dos indigentes que viven junto a una de las puertas de entrada al Estadio se han llevado los cartones y mantas que componen su casa. Ya volverán cuando todo haya acabado. Read More