Quiero vivir en la poesía

Una tarde en la apasionada clase de literatura que Elsa, una profesora de “menos de 74 años”, imparte a sus alumnos de 70 otoños de media

Elsa Hernández Baute. Foto: Octavio Toledo

Si hay vida después de los 30 y de los 50, no digamos pasados los 70; la hay y mucha, quizá cuando más. Da igual que la piel se arrugue y que en ocasiones haya de ayudarse de un bastón para andar. Los minutos y segundos se saborean como nunca y la poesía es la poderosa lente de aumento que permite hacer cada instante aun más intenso. Así que la profesora Elsa Hernández Baute y sus 14 alumnos (todas mujeres menos un hombre), la mayoría rondando los 70 años, disfrutan de las clases de literatura con la pasión de un adolescente.

Elsa imparte sus lecciones en el centro de mayores Isidro Rodríguez de Santa Cruz de Tenerife dos veces por semana. No le gusta reconocer su edad -“no la pondré ni en mi esquela”, señala-, pero esta mujer de aspecto frágil y menudo asegura tener “menos de 74 años”. No le falta ni su maletín de buena docente ni la hoja de asistencia de los alumnos para ponerles falta si un día no vienen. Quizá sea ella la culpable de que no se pierdan ni una de sus clases.

Elsa escribe en la pizarra mientras sus alumnos apuntan. Foto: Octavio Toledo
Elsa escribe en la pizarra mientras sus alumnos apuntan. Foto: Octavio Toledo

Todos coinciden en reconocer que es la mejor maestra que se puede tener. Comenzó a probar el oficio cuando, de muy joven, en un pequeño centro de educación auxiliar, su madrastra (también profesora) se tenía que ausentar, y entonces ella se hacía cargo de los niños.

Lo de la poesía vino después. Aunque de siempre le gustó escribir, decidió, sobrepasados ya los 40, publicar su primer libro, “cuyo dibujo de portada me hizo un niño de nueve años que pintaba fenomenal”. Desde entonces ha editado más de 11 de poesía y otro en prosa; ha creado varias tertulias literarias (ahora forma parte de la denominada Tagoror, en Tenerife), y mientras, contagia su pasión también a los niños de los colegios de la isla que la reclaman, además de publicar sus textos cada 15 días en un periódico de la provincia.

Escucha atenta sus explicaciones Lali, de 73 años. Desde que murió su marido se siente sola, por eso lleva tres años en los que no ha encontrado ninguna excusa para faltar cada semana a su cita con la poesía. “Me dijeron que Elsa enseñaba literatura, vine a una clase y me sedujo su cariño y que sabe de mucho pero no alardea de nada”, afirma. En ese instante, le suena el móvil y sale del aula. Una clase moderna.

Junto a ella, Candelaria. A su edad, 77 años, está a punto de publicar su segundo libro. El primero ya fue todo un éxito entre sus familiares y amigos. Cuenta que la poesía le estremece y emociona, “siento de repente algo por las venas y en la cabeza, y voy directa al papel y al lápiz”, apunta, y añade que cuando lee sus textos le da la impresión de no haberlos escrito ella “por lo intensos que me parecen que se me saltan las lágrimas”. Aquí todos tienen algo que contar. En la mesa de al lado, Loli, de 69 años, muestra orgullosa el recorte de periódico en el que posa al lado de la Infanta doña Cristina hace dos años, cuando fue finalista nacional del I Concurso de Relatos para Mayores de La Caixa.

En un momento la clase se alborota un poco entre comentarios acerca de lo que quiso decir el autor tinerfeño Orlando Cova cuando escribió La última fuerza, en pasajes como “ha anochecido y hace milenios que me alejo de tus brazos muertos, de mi entrega viva”. “¡Es que estaba enamorado hasta las trancas!”, dice una; “amar sin ser amado es remar contracorriente”, apunta otra; “eso es amor y lo demás son boberías”, matiza alguien más allá. El animado debate sobre los sentimientos que plasmó el poeta se zanjan con un firme y suave “shhh” de Elsa, que devuelve la tranquilidad al aula. “Es que los lunes se sublevan un poco”, los justifica.

Francisco el grande

Francisco habla con una compañera. Foto: Octavio Toledo.

Hoy es un día triste porque se les ha muerto un compañero, al que despiden cuando termina la clase. Como no podían hacer de otra forma, le dicen adiós con una poesía, que comienza con un emotivo “las lágrimas surcaron mis mejillas…”. El autor del sentido texto, que provoca los aplausos emocionados de los demás, es Francisco, de 50 años, el más joven con diferencia de los alumnos. Su imagen exterior, adornada con pulseras de cuero y cadenas, no concuerda con la de su interior, donde anida un poeta.

Un rato antes, Elsa le había pedido que leyera para todos el texto de Cova sobre el que tocaba trabajar hoy. Lo leyó pausado, recolectando (o eso parecía) cada una de las palabras que pronunciaba desde el fondo de su corazón. Ese es Francisco, alguien cuya propia vida contiene episodios como para escribir la segunda parte de Love Story. Por ejemplo, cuando conoció a la que ahora es su esposa.

Un momento de la clase. Foto: Octavio Toledo.

A los 21 años fue a una discoteca de Santa Cruz con dos amigos. Nada más entrar, vio al fondo a un grupo de chicas. Se percató de que a medida que él se aproximaba, una de ellas se iba separando de las demás. Cuando estuvieron casi a la misma altura, la joven se le acercó y le preguntó si quería bailar. La respuesta de Francisco fue “sí”. Estuvieron seis horas, bailaron “lentas y rápidas” y ni si quiera se separaron para ir al baño en todo ese tiempo. “No me quería despegar: el ambiente, la música… sentía su respiración y teníamos nuestras cabezas agachadas, pegadas una a la otra”, recuerda Francisco, que cuenta que al encenderse las luces del local para echar el cierre y salir a la calle -“si no, habríamos seguido”, advierte- le dijo a la muchacha: “Te quiero. Creo que estoy enamorado de ti”. Ese 18 de octubre de 1981 ella le contestó que para creerle tenía que encontrarse con ella a las cinco de la tarde del día siguiente en el Círculo de Amistad de la ciudad. Claro que fue, y desde entonces están juntos.

Luego vino lo de la mili, durante la que a él le tocó pasar unos meses en Mallorca. Para saciar su ansia escritora y ningunear la distancia, le mandaba dos cartas al día, una por la mañana y otra por la tarde; 400 en total, en las que hablaba de amor y de sus experiencias en la isla balear. No mucho menos prolífica fue ella, que le contestó con otras 200. Más adelante, ya convertidos en marido y mujer, la necesidad que sentían por fundirse uno con el otro fue tan grande que les provocó “un bloqueo psicológico”, explica Francisco. La prueba: que tras muchos intentos, el fruto de su amor tardó 19 años en llegar en forma de una niña que ahora tiene 5 años.

Es el final de la clase. La alumna Rosina, de 86 años, se despide de la maestra: “Profe”, le dice, “hasta el próximo día”. Una vez se han marchado todos, Elsa reconoce: “Tienen una ilusión tan grande que a veces los veo como niños”.

Por qué no me gustan los niños

Más de uno pensará que he perdido el norte (o el sur), o que se me ha ido la pinza (o el pendiente), pero no (¿o sí?). Es la verdad. No me gustan los niños, especialmente desde que nacen y hasta que cumplen un año más o menos, y tengo argumentos. Eso sí, no quiero decir que no vaya a tener descendencia, y ni mucho menos que no los vaya a adorar cuando los vea correteando por el pasillo, por supuesto. Sólo que, en general, como concepto, no es que me vuelvan loco. Empiezo.

No me gustan los niños porque no hablan. Por mucho que les digas, no hacen más que mirarte, obviamente no te entienden y es probable que ni si quiera estén pensando en ti cuando te miran. Se ríen como se reirían al ver cualquier otra persona, un sonajero o a su muñeco de peluche preferido.

No me terminan de hacer gracia los niños porque lloran mucho, la mayoría de las veces, sin motivo aparente. Eso me saca de quicio. Claro, sólo paran cuando les da por parar, no porque tengan un botón de stop crying baby.

Tampoco me gustan porque no caminan y, o bien tienes que empujarlos con un carrito o llevarlos en brazos a todos lados . Y coño, pesan lo suyo, mínimo dos kilos novecientos gramos (2.900 gr.).

No me gustan los niños porque no comen solos y has de estar continuamente dándoles el biberón y la papilla (especialmente cuando más pequeños son) y la mitad de la comida se les sale por los lados. Añado que no me molan los niños porque se hacen sus necesidades encima y luego los tienes que cambiar y no ganas para pañales. El olor es lo de menos.

No me vuelven loco los niños porque cuando te tropiezas en la calle con una pareja que va con su bebé (más aún cuando no tienes mucha confianza con ellos), nunca sabes qué decir al retoño y al final siempre acabas repitiendo las mismas frases: “¡Qué guapo/a es!” “¿A quién se parece, al padre o a la madre?” “¡Y míralo/a, qué espabilado/a y qué grande está!”. No sales de ahí y, por lo que se ve, es lo que hay que decir y todo el mundo tan contento, tú el primero.

En realidad, no es que no me gusten los niños, simplemente que no me gustan más que los adolescentes, o que los adultos o que los mayores. Sí, no les veo nada diferente a la gente de 80 años. ¿Por qué nadie se para por la calle a hacer carantoñas a los ancianos, que seguro que lo valorarían y lo necesitarían más? Al menos, algo han hecho por la humanidad en todos sus años de existencia y hay muchas posibilidades de que estén solos en el mundo, ¿no? Además, los mayores también fueron bebés, y cuando nacieron sí que les hacían mimos y les ponían caras para que se rieran, ¿qué ha cambiado?

Digo más: los propios bebés van a ser adolescentes, mayores, adultos y ancianos. Por eso me pregunto, ¿todos esos que se vuelven locos con los niños, les dedicarán la misma atención dentro de muchos años, cuando ya estén llenos de achaques y arrugas?. Ah, a Woody Allen tampoco le gustan los niños; vamos, que no soy el único.

De Antonino a Antonio

Con 88 años tiene una vitalidad que yo, a mis 38, envidio. Se despierta cada día a las cuatro de la mañana, cuando mi cuerpo no lleva sino poco más de media noche consumida entre sueños. Vive solo, no hace ruido, y cada día, nada más levantarse, sale a caminar después de hacer un rato de ejercicios. Es mi vecino de planta de edificio quien, hasta hace 15 días, se llamaba Antonino (An-to-ni-no). Ahora le han cambiado el nombre por el más formal de Antonio, pero él no está de acuerdo.

Me lo encontré en el pasillo esta tarde. Se iba a andar de nuevo con su chaqueta a cuadros beige algo –bastante- anticuada. Allí me dijo que se le había estropeado la tele y que sólo tenía una radio para entretenerse. Me pidió que le ayudase a sintonizarla bien y pasé a su casa a arreglársela. Sigue leyendo