La leche

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La Universidad de Harvard acaba de eliminar la leche y los derivados lácteos de la que consideran deber ser la nueva pirámide alimenticia ideal. Los expertos nutricionistas que la han elaborado argumentan que su consumo produce cáncer de próstata y de ovarios, entre otras enfermedades. Y yo pregunto: ¿qué demonios les ha la dado con la leche?

Circula desde hace años entre los detractores de este alimento para justificar su rechazo el argumento de que los animales que la toman  —los mamíferos— solo lo hacen mientras son crías, hasta los dos años de vida como máximo, y después ya nunca más la prueban. Pero eso es, simplemente, porque no pueden.

Ni los monos ni los perros saben ordeñar vacas ni elaborar queso o yogur. Os juro que si supieran lo harían. Igual que los animales tampoco beben vino, ni cerveza. Ni saben hacer un estofado ni un puchero, ni gofio. No saben hacerlo y por eso no lo toman, si no, ya veríais cómo se relamerían con un buen escaldón.

Además, los que reniegan de la leche hablan de los animales como si se alimentaran bien. Los leones, por ejemplo, se comen búfalos enteros, con toda su grasa; ¿no deberían tener el colesterol por las nubes? Y no prueban la fruta, cuando se supone que deberían tomar al menos cinco piezas al día, ¿no? Aún así, en los documentales de naturaleza los veo corriendo felices por la sabana y viviendo los años que tienen que vivir.

Yo seguiré bebiendo leche por mucho que desde Harvard digan lo contrario. Eso sí, desnatada por si acaso. Blanco y en botella.