La guerra “buena” de Libia

No, mi niño, no. No todas las guerras son malas. Así que olvídate de ir pidiendo en Navidad eso de que “se acaben las guerras en el mundo”. Que se acaben sí, pero solo las guerras malas, las que nos quedan lejos o ni si quiera sabemos que existen. Las que nos tocan más cerca, depende. Si son contra alguien a quien hemos estado dándole palmaditas en la espalda y recibiendo en nuestros palacios, pero ahora no nos cae bien, esas que no se acaben hasta que ese personaje esté liquidado.

Porque Gadafi es el diablo en persona, y sus hijos y toda la gente que lo sigue. Y aunque nosotros lo apoyamos, sí, a pesar de que sabíamos que mataba a gente y tenía sometido a su pueblo, de repente nos hemos vuelto buenas personas. Por eso, estamos con los rebeldes, hijo mío. Les damos armas para que puedan matar bien y se hagan con el país, y pasen a cuchillo a todo el que se les ponga por delante que no sea de los suyos, de los buenos, de los santos, como nosotros.

Y no te pongas pesado con que Gadafi merece un juicio justo y esas minucias. Es obvio que es un asesino, por eso si se lo cargan a sangre fría, como hicimos con Bin Laden, mejor. También vale lo de Saddam Hussein, que lo mandamos a matar después de un juicio que nosotros consideramos justo. Matar es lo mejor que hay, aunque en nuestros países nos pongamos finos con que la pena de muerte es un horror. Ya sabes que la vida de un hombre no vale lo mismo aquí que allá, ni mucho menos, adónde va a parar. Hala, a mimí que ya es tarde.

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