Los sueños están hechos de París

¡Qué listas! Incluso las cigüeñas se inventaron que los bebés venían de París para tener así una muy poderosa excusa que les permitiera visitarla. La capital francesa da razones de espabile a la existencia más anodina. Es la ciudad donde se levantan algunos de los monumentos con mayor encanto del mundo ,y ese lugar elegante y de moda en el que los crepes son prêt-á-porter. La urbe que agota las tarjetas de memoria hasta de la cámara de fotos más chula justifica aprender francés solo para decir je t´aime.

Los Campos Elíseos. Foto: Octavio Toledo.

Yo compro

Miles de japoneses igual que en el metro de Tokio a las ocho de la mañana, como si no hubiese tiendas en su país. En las distinguidas Galerías Lafayette se conjuga el verbo comprar un millón de veces al día. Hay de todo por todos lados en sus siete plantas, de modo que quien venga expresamente a eso encontrará ropa, perfumes, joyas y complementos – por ejemplo- como para llevarse medio París en la maleta. En el hipotético caso de que el comprador no haya quedado cegado por la experiencia, que levante la cabeza y admire la luminosa y colorida cristalera del techo del edificio central. Luego, para coger resuello se impone subir a la terraza del último piso y deleitarse con la panorámica que ofrecen los tejados de París hasta donde alcance la vista, que se topará con algunos de los monumentos más conocidos de la capital, la torre Eiffel o la basílica del Sagrado Corazón entre ellos.

Si hay ganas de seguir y la tarjeta de crédito todavía respira, la rue Saint Honoré propone en sus prestigiosas boutiques un gasto más sosegado y también más sibarita. De ahí, un salto a los cercanos Campos Elíseos, avenida que visita todo el que pone un pie en París y en la que el espectáculo es la gente. Los miles de viandantes que recorren esta vía cada minuto son atractivo suficiente como para sentarse en alguna de sus cafeterías y liberar el instinto voyeur (palabra que tenía que ser, justamente, de origen francés).

Un ¡hurra! por el arte

La habitación de Van Gogh. Museo de Orsay. Autor_ Comunica TI

En la pinacoteca más descomunal del mundo, el museo del Louvre, hacen falta días para aprehender al completo la genialidad de las obras de arte, entre pintura, escultura y antigüedades, que ocupan sus salas. Si no sobra el tiempo, una visita exprés se puede componer de la contemplación de tres imprescindibles: la Gioconda, la Venus de Milo y la Victoria de Samotracia. Pero no deja de ser un sacrilegio imperdonable perderse todo lo demás.

La revolución de la pintura habita en el museo de Orsay, cerca del Louvre en distancia pero en sus antípodas conceptuales. El impresionismo de las obras de Van Gogh, Loutrec, Manet o Monet, que provocan experiencias cercanas a lo religioso en el observador entregado, dan vida a esta antigua estación de trenes presidida en su hall por un majestuoso reloj que el visitante puede aprovechar para poner el suyo en hora.

El éxtasis vanguardista del arte planetario está representado por el museo Georges Pompidou. Edificio con las entrañas a la vista que desmonta, nada más toparse con él, la idea que se traía hasta entonces acerca de lo que era un edificio: a partir de ese instante ya no serán exclusivamente cuatro paredes. Su explanada exterior es el mejor lugar para divagar sobre esa y otras cuestiones trascendentales. Dentro aguardan obras magistrales que golpean la conciencia.

Comer por comer

Crepe de chocolate. Autor: wallyg.

París no es un crêpe. Son miles de crêpes de cientos de sabores diferentes, aunque los rellenos de crema de chocolate y, a mucha distancia, los de frutas y helado, son los más populares. Una ciudad dulce en la que dominan las brasseries, el equivalente a lo que en España se conoce por cafetería, restaurante y bar todo en uno. En ellas llama la atención: que se encuentran por doquier; que las sillas de sus terrazas están colocadas mirando hacia los viandantes a modo de butacas de teatro donde el espectáculo lo representan los que pasan; y que el tamaño de las mesas es mínimo, con lo que el espacio para los comensales es tan reducido que parecen sentados alrededor del pupitre de un colegio de Infantil sobre el que no les caben ni los codos. Pero siempre están a tope.

Al ser la comida en París exquisita, decantarse por uno u otro lugar para complacer al sentido del gusto es mera cuestión irrelevante. Los más exigentes pueden optar por el Tailleven, local regentado por uno de los mejores chefs parisinos. Situado cerca de los Campos Elíseos, garantiza que los más de 60 euros por persona de su menú medio se consideren perfectamente invertidos. Para presupuestos más modestos, el Chartier, en la zona de las Tullerías, donde paladear una sopa rica, rica.

Torre Eiffel iluminada. Foto: Octavio Toledo.

Enorme París

Desde arriba, París se ve enorme. Una ciudad tan grande se hace aún más inmensa si la mirada nace en la torre Eiffel, a 320 metros de altura. Obligatorio ir a ver de cerca esta genialidad de hierro para desterrar la sensación de haber desperdiciado el viaje a la capital francesa si no se ha pasado por aquí. Aunque sea para contemplarla desde abajo en el caso de no estar dispuesto a integrarse en la larga cola diaria que forma una infinidad de turistas ansiosos por despegar hacia el último piso (hasta el que se accede exclusivamente en ascensor).

A los pies de este gigante metálico puede dar comienzo un recorrido en barco por el Sena. Paseo que promete una perspectiva diferente de la ciudad de la luz, cuyo brillo se atenúa levemente a medida que se navega: los muros de las márgenes del río son tan altos que la embarcación queda oculta entre ellos, lo que dificulta la visión y difumina la magia por unos instantes. Se vuelve a recuperar al arribar a la imponente Notre Dame y al reparar en las inquietantes gárgolas esculpidas en el exterior de esta catedral, con sus bocas abiertas para espantar el mal.

Algo más al norte, en la colina que domina la ciudad, la basílica del Sagrado Corazón de Montmartre regala espléndidas panorámicas y un paseo por diminutas rues empedradas en las que artistas callejeros insisten a los turistas que posen para un retrato a mano alzada a cambio de 20 euros. Es, a pesar de esa ligera molestia, uno de los rincones más pintorescos de París.

La ciudad se mueve

El alegre barrio Latino, en la orilla izquierda del Sena, bulle cada día con sus cafés y clubes de jazz. Ideal para adentrarse en sus recovecos y curiosear. En la otra punta de la capital, las bailarinas del can-can marcan el ritmo de la noche en el emblemático Moulin Rouge. Es la zona de Pigalle, donde bohemios y artistas como Picasso o Dalí hallaron inspiración. Calles y callejuelas plagadas de cabarets, brasseries con el disfraz de bar de copas y discotecas que ponen el puntito animado y gamberro a la ciudad de la moda.

Para maldecir la resaca la mañana siguiente, o sencillamente porque sí, los Jardines de Luxemburgo proponen sentarse en alguna de sus cientos de sillas desplegadas por todo el parque y, mejor si es frente al coqueto estanque central de ocho lados, cerrar los ojos para entregarse al placentero sueño parisino.

A Oslo también llega el verano (o casi)

En medio del frío, un nada abrasador calor de 15 grados reclama su espacio y hace lo que no está escrito por derretir a duras penas la nieve que fabricó el invierno. Oslo enseña de junio a septiembre una piel que se esconde los restantes nueve meses del año bajo un pesado, implacable y deslumbrante blanco polar. Sol que no quema y que ilumina un recorrido por una ciudad asentada entre fiordos y montañas en la que se reproducen restaurantes de categoría -varios de ellos con estrellas Michelín-, y una Ópera de cristal y mármol que asemeja a un enorme iceberg emergiendo del penetrante azul marino (o lo que se llama adaptarse al entorno).

La Ópera de Oslo con sus techos paseables.

La vida detenida

Contemplar y meditar observando la vida en modo pause. La adolescencia, la vejez y hasta la muerte para mirarla a los ojos en el parque Vigeland, en el que más de 200 esculturas de este artista muestran todas las etapas de la existencia humana. Mejor quedarse con la del enamoramiento a la vez que se disfruta de un picnic junto a los cientos de noruegos que llevan haciendo lo mismo aquí durante toda la vida, y no digamos los fines de semana.

Es el inicio de un viaje a este territorio septentrional en el que los iconos más reconocibles del pueblo vikingo, sus embarcaciones, se exhiben en un museo de nombre nada rebuscado: museo de los Barcos Vikingos. De eso trata, por lo que la frugal visita da para acercarse luego al Kon-Tiki. Thor Heyerdal, explorador que acabó retirándose en Tenerife, probó que era posible unir la Polinesia y Sudamérica, y con ello la conexión entre estos pueblos. Aquí se conserva su claustrofóbica balsa como recuerdo de semejante hazaña de 7.000 salados, húmedos y mareantes kilómetros de recorrido.

Embarcación vikinga.

Cuernos de diseño

Nada que envidiar a los vecinos suecos que inventaron Ikea. En la república independiente de la monarquía noruega de Mette-Marit también se impone el diseño. Impregnarse de él es el equivalente a alojarse en el hotel First Grims Grenka. Inspiración glaciar, cuernos de ciervo que ejercen de originales y puntiagudas lámparas, y runas (símbolos vikingos utilizados como método de adivinación) para pasar el rato tratando de descifrarlos si el insomnio acompaña aunque uno no quiera.

Con los pies sobre el tejado, la Ópera de Oslo muestra una foto cúpulas punteadas a modo de pequeños alfileres en el perfil de una ciudad acotada por el verde intenso de las colinas que la circundan y que aparentan esforzarse en contenerla. En el interior del edificio, madera y cristal se funden para rematar una construcción que en los breves tres años transcurridos desde que se abrió a Noruega y al mundo se ha apoderado ya del orgulloso corazón de sus habitantes.

Trampolín hacia el cielo

Experimentar Oslo en sus inmediaciones es visitar uno de los vertiginosos trampolines que se utilizan para las competiciones de esta modalidad en invierno. Está en el museo de esquí Holmenkollen, que permite imaginarse a los valientes lanzándose a toda velocidad por una rampa sobrecogedora cuyo extremo se curva ligeramente hacia arriba para aprovechar el último impulso. Aunque sin posibilidad de hacerse daño en un simulador que garantiza el 100% de la experiencia con el 0% de riesgo; sentado tras la pantalla no existe el miedo.

Después del ajetreo, un almuerzo revitalizante a base de delicias como el rape ravioli a la naranja con nueces de macadamia, especialidad del restaurante Cru, uno de los cinco de la ciudad con estrella Michelín. Locales de postín en los que, una vez satisfecha la gula, adentrarse en la bulliciosa y comercial zona de Grünerløkka, donde Oslo despliega toda su bohemia y ganas de divertirse en animados locales hasta bien tarde, mientras fuera pena en vigilia el sol de medianoche.

¿Es posible otro periodismo?

La plataforma Periodismo Ético Ya ha elaborado un manifiesto en el que reivindica diez puntos básicos que deben orientar el ejercicio de la profesión periodística. Es una de las primeras grandes conclusiones relacionadas con el movimiento del 15-M, con lo que de entrada quedan minimizadas, al menos en parte, las críticas que he oído estos días –lanzadas desde algunos medios de comunicación- sobre el punto débil de los acampados: la dispersión de ideas y la ausencia de propuestas concretas. Bueno, pues ya las hay.

Leyendo el manifiesto no parece que nadie pueda estar en contra: en él se reclaman cuestiones de sentido común. Ojalá sirva de algo, pero tengo la impresión de que recoge ideas que, en la práctica, encontrarán grandes dificultades para ser desarrolladas, aunque no pierdo la esperanza y dejo de antemano dicho que apoyo desde el principio el movimiento del 15-M.

Reclamar cobertura de contenidos informativos que sirvan al ciudadano a entender el mundo está bien, pero el medio de comunicación no deja de ser una empresa en la que, si hay áreas que no le generan beneficios, irá dejando sin cubrir. ¿Qué solución le queda? Lo mismo que la difusión de propaganda o publicidad encubierta, algo que siempre ha existido y que difícilmente desaparecerá. Es más, nos encontramos incluso con la publicidad gratuita y no solicitada ni pagada, como la que hacen del IPhone o IPad los medios (y ahora yo mismo), de los que se escriben cientos de artículos cada día con coste cero para Apple y muchos beneficios para la marca de la manzana. ¿Qué hacemos? ¿Cómo acabamos con eso?

Apoyo plenamente propuestas como la de garantizar la presencia de medios alternativos, que señala el manifiesto que es fundamental, por supuesto. Pero el problema es que nadie asegura que sean efectivamente independientes. Lo serán algunos, pero muchos otros, como ocurre con los grandes, estarán influenciados por quién les financie. Pongo un ejemplo que vale para unos y otros. No hace mucho escuché a un ex director de un periódico decir: “¿Cómo voy a meterte con alguien (político por ejemplo) con quien, además de sufragarme una campaña de publicidad en mi medio,lo he tratado tanto en lo personal que ya casi no me siento en condición de traicionarle?” . Me temo que eso ocurre con los medios más grandes y, de la misma forma, con los menos grandes. Sólo se salvarían casos como el de Wikileaks.

Parecidas consideraciones se pueden plantear a otros puntos, bienintencionados aunque desde mi punto de vista poco realistas. Establecer límites a la concentración de medios quizá no tenga tanto sentido en la era de la comunicación por Internet y redes sociales, donde quien lo desee puede informarse a través de un periódico alternativo o blog de turno (espero que uno de ellos sea este). Y de acuerdo sin reservas a la no privatización de los medios públicos, pero con un modelo más parecido al de la BBC, auténtico ejemplo a seguir, y a que se garantice el acceso a la información pública.

Las demás aspectos del manifiesto, como el rechazo a la precariedad laboral de los profesionales de la comunicación, lo suscribo plenamente, porque resulta lamentable nutrirse solo de becarios y prescindir de los periodistas más mayores. También soy favorabe a que exista un verdadero Estatuto del Periodista, lo mismo que un Código Deontológico que asegure la buena práctica informativa o un mayor desarrollo de la cláusula de conciencia.

Verermos la aplicación práctica de este manifiesto y hasta qué punto los medios lo acogerán como propio. Yo, de todos modos, y con la esperanza de que llegue lo más lejos posible, he firmado.

 

El viento sopló en San Mateo

Una  agrupación de electores constituida hace solo tres meses, y con 2.000 euros de presupuesto, consigue la mayoría absoluta en este pueblo de Gran Canaria

Un extraordinario huracán de votos ha barrido 16 años de gobierno en el pueblo grancanario de La Vega de San Mateo. Inesperados y abrumadores, los resultados de las elecciones del domingo pasado han dado la mayoría absoluta en este municipio a la Agrupación de Vecinos San Mateo (Avesan), constituida tres meses antes de las elecciones y que sólo invirtió 2.000 euros en su campaña.

Las algo más de 5.000 personas que ejercieron su derecho al voto el día 22 en este pueblo (de casi 8.000 habitantes) decidieron que, de los 13 concejales a elegir, siete fueran para Avesan, cinco para Alternativa por San Mateo (ASM) –hasta ese momento en el poder- y uno para el Partido Popular. Unas horas después del cierre de los colegios, “¡sí o sí!” era el grito de la victoria de quienes, nada más confirmarse la noticia bomba del cambio de una mayoría absoluta por otra, se concentraron en las calles de la localidad para celebrarlo: “¡Habrá embotelladora, sí o sí! ¡El velatorio dentro del pueblo, sí o sí!”.

Antonio Ortega, líder de Avesan, es el hombre; el responsable de que muchos hayan oído hablar por primera vez de San Mateo, este pequeño pueblo agrícola situado a 22 kilómetros de Las Palmas. Con 40 años, el Pollo de la mina, el apodo que le pusieron cuando de joven practicaba lucha canaria, ha desmontado las teorías de los gurús del marketing electoral, en parte, obligado por el bajísimo presupuesto que manejaba su formación, cuyos 2.000 euros parecen una ridícula propina frente a los más de 100.000 que puede gastar cualquier otro partido que opta a la alcaldía en un municipio de las características de San Mateo.

La austeridad de la campaña de Ortega se notó, por ejemplo, en que colgó solo unos pocos -y pequeños- carteles suyos en las farolas del pueblo, “con medidas de 50 por 50 centímetros frente a los dos metros que medían los de nuestros rivales políticos, que incluso llegaron a desplegar en algunos puntos del pueblo pósters de hasta seis metros de alto”, señala. Tampoco había dinero para megafonía, así que los mítines los daba sin micrófono ni altavoces, prácticamente a grito limpio “para que me oyeran hasta en la última fila”, apunta con voz ronca aun varios días después de las elecciones.

Las verdaderas claves de este triunfo, explica orgulloso y convencido el nuevo alcalde, son tres. La primera y más paradójica, el no haber pedido el voto a los vecinos, lo que por lo visto ha acabado provocando justamente el efecto contrario. Las otras dos: tutearlos y no olvidar decirles, cuando terminaba de hablar con ellos y exponerles su programa, casa por casa, “tú decides”.

Tres meses de carrera

La idea de crear Avesan, materializada en marzo de este año pero fraguada durante varios meses antes, surgió en la cabeza de Antonio Ortega cuando se dio cuenta, afirma, de que algo tenía que cambiar en su pueblo. “Yo esto lo veía desde hace tiempo”, asegura. Pero al principio no le resultó sencillo sumar compañeros de viaje a la aventura. “La gente no confía en un partido nuevo, y menos como el nuestro, que íbamos como independientes. Pero saltó la chispa cuando un grupo de vecinos entendió que hacía falta ese cambio”.

Ortega ya acumulaba algo de experiencia en política. Aunque la última ocupación de este licenciado en Derecho fue la de dirigir y presentar un programa sobre agricultura y ganadería en la emisora Radio San Mateo, que abandonó para dedicarse de pleno a la campaña, antes había sido concejal de ASM en el municipio (justamente la formación que ahora ha arrastrado a la oposición), y luego director general de Desarrollo Agrícola del Gobierno de Canarias. Un fondo de armario que le ayudó en su objetivo de persuadir a la mayoría de un pueblo que estaba esperando escuchar lo que él vino a contarles, “porque cuando le dices al ciudadano lo que vas a hacer sin titubeos, eso le llega”.

Entre sus compromisos, abrir una embotelladora de agua y una quesería artesanal para generar ingresos y empleo, potenciar la ganadería y la agricultura y crear una ruta turística que revalorice el cauce del barranco de la Mina, que discurre por la localidad. Y después de todo eso, al final de la legislatura, haber creado 350 puestos de trabajo. “Lo he puesto en el programa, y si no lo cumplo, dimito”, afirma.

En el pueblo, los vegueros muestran sus esperanzas ante el panorama que se les abre. Los hay ilusionados como Luz Marina, empresaria de 24 años que vio en Antonio Ortega alguien cercano que traía ideas nuevas y frescas, y que se acercó a ellos para preguntarles: “¿Qué crees tú que podemos hacer para mejorar San Mateo?”, recuerda.

Están otros, como Cheli, de 48 años, que son más cautelosos. “Esto fue un poco un comecocos que primero arrastró a los jóvenes y luego a los mayores”. Pero en general, es también optimista ante la posibilidad de que el pueblo se reanime “económica y socialmente; a ver si le da un poco más de ambiente, que está muy apagado”. Y sin dar su nombre, los menos señalan que estaban hartos de que en el Ayuntamiento sólo se contratase a familiares de los que gobernaban.

Gregorio González aún no lo ha terminado de asimilar. El hasta ahora alcalde del municipio califica lo sucedido de “fenómeno sociológico a estudiar”. Sus previsiones apuntaban a que Avesan obtendría “como mucho” cuatro concejales y que su partido sería el primero una vez más. Reconoce que no contaba con ese resultado de concentración del descontento, lo que interpreta como un voto de castigo a su gestión, pero rechaza las acusaciones de enchufismo que supuestamente consintió en sus mandatos, a las que responde contundente que “la plantilla municipal solo creció en los últimos cinco años en dos policías locales, que encima no eran de pueblo”. Su explicación a la irrupción sin anestesia en el gobierno municipal de la formación de Ortega va más allá, al considerar que se ha dedicado a regalar los oídos a los vecinos, “pero sus promesas, como la de crear 350 empleos en cuatro años, son irrealizables”.

Ahora, González se dispone a hacer una oposición “responsable, apoyando las propuestas que favorezcan al pueblo pero fiscalizando al nuevo grupo de gobierno en lo económico, porque lo mal gestor que ha sido Ortega en lo privado también lo será en lo público. No queremos que el Ayuntamiento, que está saneado, dé un paso atrás”. Mientras, el Pollo de la mina, acostumbrado a que en la lucha canaria contrincantes aparentemente más débiles hagan morder la tierra a otros más corpulentos, disfruta de su éxito comparándolo al de David frente a Goliat: “El grande perdió y el chico ganó. Les hemos dado un revolcón”.

 

El hombre que perdió la cabeza

Una semana después de la decapitación de una mujer británica en Tenerife a manos de un joven indigente búlgaro, aún nadie se explica qué pudo pasar en la mente del asesino

Algo más macabro y sin sentido de lo que una persona con mucha imaginación podía haberse figurado ocurrió el pasado viernes 13 en la localidad turística de Los Cristianos (Arona), en Tenerife. Fue el día en el que un hombre perdió la cabeza. En el que el búlgaro Deyan Deyanov decapitó a la británica Jennifer Mills -a la que no conocía de nada- cuando esta se encontraba comprando tranquilamente en un bazar chino.

Jennifer, de 60 años, había adquirido su apartamento en Los Cristianos hace una década, cuando eligió este enclave del sur de Tenerife (en el que habitan unas 20.000 personas) como el mejor sitio para retirarse tras toda una vida de trabajo en una aseguradora. El apacible complejo en el que residía gran parte del año se encuentra en su mayoría habitado por ingleses, decididos como su compatriota a disfrutar de una jubilación bajo el sol. Es un conjunto de apartamentos blanco y coqueto, algo laberíntico y en el que los vecinos prefieren pasar desapercibidos, por lo que evitan hacer comentarios sobre lo sucedido. “Le tocó y le tocó”, señala resignado uno de los pocos que habla español, que recuerda que era una persona muy educada “que siempre saludaba”.

No se sabe exactamente qué hizo la mujer desde que salió de su casa y hasta que llegó a la tienda; quizá comprar el pan o arreglar algún papel en el Ayuntamiento. Lo que sí es seguro es que tuvo la mala fortuna de estar en el lugar equivocado en el peor momento posible.

Fueron en total tres minutos; casi se tarda más en contarlo. Jennifer se hallaba poco después de las 10 de la mañana de ese día comprando en el bazar chino Más artículos mejor precio, de donde era clienta habitual. Entretanto, Deyan aparece en la tienda. Nada más entrar, coge un cuchillo jamonero de hoja fina que encuentra en uno de los estantes y camina por los pasillos del comercio hasta que se topa con la víctima, allí, a unos metros de distancia. Ella lo ve y sigue a lo suyo. Pero inmediatamente vuelve a mirarlo y da un respingo al darse cuenta del arma que el hombre lleva en la mano. No tiene tiempo para otra cosa antes de que él se abalance sobre ella, la tumbe en el suelo de espaldas, se coloque encima y comience a cortarle el cuello con el cuchillo. No la golpea ni la apuñala en ninguna otra parte del cuerpo; simplemente empieza a cortar sin más mientras está viva, llevándose por delante hueso, músculo, tendones…

El relato corresponde a lo que se ve en la grabación de la cámara de seguridad del comercio, que lo recogió todo y que se encuentra en poder de la juez. En las imágenes se aprecia además cómo una pareja de mediana edad que también está en el establecimiento trata de acercarse para ayudar a Jennifer, aunque al aproximarse al lugar y darse cuenta de la barbaridad de lo que está ocurriendo huye de allí despavorida.

Antes de que el agresor haya terminado, en la calle ya saben lo que está pasando dentro. Los gritos de “¡asesino!, ¡asesino!” de los empleados y clientes que salen disparados provocan el revuelo en el exterior y hace que los viandantes avisen al 112. Por eso, en menos de dos minutos ya hay allí una ambulancia procedente del centro de salud situado a escasos metros del bazar. De ella se baja un enfermero que se interna en el comercio. A los pocos segundos se le ve salir solo. Tiene la cara pálida y desencajada y lo único que puede hacer ya por la víctima es llamar a la policía por la emisora para que venga lo antes posible.

Al tiempo, por la otra puerta de la tienda aparece Deyan Deyanov. Camina como si tal cosa con la cabeza de Jennifer en la mano, que lleva agarrada por los pelos a modo de trofeo mientras de ella cae un chorro de sangre que va dibujando un rastro rojo en el suelo a medida que avanza. Y va gritando: “¡Soy Dios!, ¡soy Dios!”. Tony, el guardia de seguridad del Registro de la Propiedad situado enfrente de la tienda, alertado por una compañera de trabajo, no se lo piensa. Sale corriendo hacia él y le golpea repetidamente con su porra en la mano hasta que logra que suelte la cabeza de la víctima.

“El uniforme se me llenó de la sangre que salpicaba la cabeza al agitarse con el forcejeo y hubo un momento en el que hasta me llegó a dar pena el hombre de lo fuerte que le pegué para que la liberara”, dice Tony, aunque lo que más le llamó la atención fue la expresión de la cara de Jennifer, que se le ha quedado grabada en su mente: “Tenía los ojos y la boca muy abiertos; era un gesto de pánico absoluto”. La cabeza salió rodando unos metros y allí se quedó, tapada con una manta que alguien tuvo los reflejos de colocarle encima inmediatamente. Deyan continuó corriendo calle abajo hasta que varios viandantes lograron tirarlo al suelo y retenerlo en lo que llegaba la policía, que procedió a su detención.

 

“Llámame Dios”

El delirio criminal se instaló en alguna parte del cerebro de Deyanov hace algún tiempo. Una de las personas que había tenido la oportunidad de comprobarlo fue su última novia, Raquel, a la que meses atrás amenazó con matar por no querer llamarlo “Dios”, como él le pedía. Fue ese y otros comportamientos parecidos los que llevaron a las autoridades inglesas a internarlo en un centro psiquiátrico de ese país a finales de 2010 -Deyan había viajado a Reino Unido para visitar a una tía suya-. Una vez salió del centro a principios de este año, no está claro aún si porque le dieron el alta médica o porque se fugó, puso rumbo a Tenerife, donde ha vivido todos estos meses en una casa abandonada situada en la playa de Los Cristianos.

Deyan ya había advertido de que era capaz de cualquier cosa. “Voy a hacer algo grande”, se le oyó decir más de una vez en las últimas semanas. Y parece que ese era definitivamente el día que había elegido para consumar su apocalíptica profecía. Porque media hora antes del crimen había entrado en otra tienda de la localidad para pedir un cuchillo “así de grande”, petición que acompañó con un gesto de sus manos, que separó más de 40 centímetros para que el tendero supiera a qué dimensiones estaba haciendo referencia. A la pregunta de éste de para qué lo quería, el búlgaro le respondió: “Para matar a alguien”. La reacción del comerciante, que no se lo tomó en serio, fue simplemente la de echarlo de la tienda.

A pesar de que el agresor vivía en la indigencia en el sur de Tenerife, su situación económica no había sido siempre tan precaria. Hijo de un dirigente del Partido Comunista de Bulgaria, su familia gozó durante mucho tiempo de una posición holgada, pero la desmembración que tuvo lugar en Europa del Este tras la caída del Muro a finales de los ochenta supuso también la progresiva pérdida del estatus económico del que se había beneficiado. ¿Qué pasó desde entonces hasta el fatídico viernes 13 de junio pasado?

La historia de la vida del joven búlgaro está repleta, señalan los que lo han conocido, de reacciones y comportamientos violentos y de problemas con las drogas. De lo primero hay otros ejemplos recientes, como cuando no hace mucho golpeó en la boca con una piedra a un vigilante de seguridad de Los Cristianos, al que arrancó cuatro dientes. Tampoco en este caso hubo provocación previa, según cuenta el afectado, Fermín, que recuerda cómo tras la agresión, Deyan se puso a cuatro patas sobre la acera, él le propinó una patada y aquél salió corriendo.

Más traumática es la experiencia de la chica con la que este individuo engendró una hija que ahora tiene siete años. En una discusión de pareja, él cogió un cuchillo y le dio a elegir entre a quien mataba: a ella o a la niña. Era quizá el primer coqueteo serio de Deyan con su versión verdugo, que alcanzaría su máxima expresión con la decapitación de Jennifer.

Ahora, el agresor permanece internado en el área de Psiquiatría del Hospital Universitario de La Candelaria de Tenerife a la espera de lo que decida el juzgado de Arona que lleva el caso. La familia de la fallecida no se explica cómo pudo ocurrir algo así a una persona “con tantas ganas de vivir y que siempre tenía una sonrisa en la cara”, justo un viernes 13, el día de la mala suerte en la cultura anglosajona.

Revívelo.com o el éxito de la viralidad en el turismo

Si estás metido más o menos a fondo en el mundo de las redes sociales, o si has visto la tele estos días, seguro que te ha llamado la atención un spot intrigante en el que un tipo con pinta de hipnotizador a lo Anthony Blake asegura que te pueden implantar recuerdos en la mente. Da un pelín de miedo, pero igual es lo que buscaban en un principio, con frases como “donde lo inimaginable pudiera suceder en realidad” o “ven y elige el deseo que quieras implantar”.

Lo más llamativo del anuncio, que ha recibido ya cerca de 100.000 visitas solo en Youtube y ha sido tuiteado y retuiteado miles de veces, es que en él se mantiene el suspense hasta el final, cuando después de sucederse imágenes de gente caminando por un sendero o volando en ala delta, se invita a los que se atrevan a participar en el experimento a apuntarse en revívelo.com. Es este:

El vídeo está circulando en a red desde el 31 de mayo, y después de unos días de incógnita, que se incrementó cuando comenzó a salir en televisión, detrás apareció la agencia de viajes online atrapalo.com, que colgó la entrada con el vídeo en su blog, aunque sin aclarar mucho. Una visita a la web despeja las dudas, como por ejemplo los lugares donde se puede elegir la “implantación”: Tailandia, Maldivas y costa oeste de EEUU.

La utilización de vídeos virales es un recurso muy utilizado como elemento de marketing turístico en Internet. Básicamente porque producen un gran efecto y popularidad entre los usuarios con un coste casi cero, ya que la promoción la realizan los propios internautas a través de comentarios y enlaces, especialmente en redes sociales como Facebook o Twitter. Ejemplos de campañas parecidas hay varios en los últimos años.

La más conocida y con un impacto enorme en comparación con la inversión que supuso es la lanzada por la oficina de Turismo del Queensland, en Australia en 2009. Se presentaron miles de candidatos a desempeñar el mejor trabajo del mundo, que consistía en pasar seis meses disfrutando de unas vacaciones allí y contarlo en un blog. Con una inversión de 1,7 millones de dólares, la repercusión publicitaria ascendió a 70 millones de dólares. Este es el vídeo de cómo se promocionó.

Aun vigente está la que busca potenciar Nueva Zelanda como destino turístico con motivo de la celebración del Mundial de Rugby de este año, que se disputa a partir de septiembre en ese país. La mecánica consiste en animar a los neozelandeses (o no) que visiten la página passiton.com a que compartan con cuantas más personas mejor, los vídeos que allí se contienen, referidos a distintos aspectos relacionados con el país. A continuación uno de ellos, en tono humorístico:

Hay muchas más muestras de casos exitosos. La última de las que os traigo hoy es una que, aunque no estrictamente turística, sí que tiene algo que ver con los viajes. Es la de un joven llamado Matt, que lleva varios años recorriendo el mundo bailando. Bailando fatal, para ser exactos, pero da igual. La simpleza y descoordinación de sus movimientos le han hecho inmensamente popular, y allí por donde va, siempre encuenta gente dispuesta a hacer el tonto un rato con él. Son muy divertidos, y a pesar de lo absurdo que parezca, sus vídeos tienen millones de visitas. Para bailar con él, solo hay que apuntarse aquí , si tienes suerte de estar en la ciudad por la que pase. Ah, el anuncio era de chicles.

Lo que gusta a las mujeres

Hago un pequeño parón en mis clases gratuitas sobre cómo convertirte en un ligón de discoteca para enseñarte algunas nociones básicas sobre qué es lo que gusta a las mujeres. Son unas pequeñas notas que te van a servir mucho en la vida.

A las mujeres les gusta la ropa. Hablo siempre de la mayoría, que hay excepciones. Les encanta ir de estreno, estar a la última. Se fijan mucho en cómo van vestidas otras mujeres y a menudo consultan revistas de moda y catálogos de tiendas para saber qué es lo más in. Sobra decir que los hombres, nunca, nunca, nos vestimos por lo que vemos en la tele o en una revista. Nosotros, simplemente, nos tropezamos con algo que nos gusta en la tienda y, si está bien de precio, nos lo compramos.

Ellas se pirrian con los cariñitos. Lo que para un hombre puede ser algo banal, como dar un abrazo en un momento determinado sin más, para ellas es la muestra más grande del amor; la prueba irrefutable de que estáis hechos el uno para el otro.

Las chicas odian a los pesados. Si hay algo que una mujer no soporta es a los tíos plastas, que, entre tú y yo, hay muchos por ahí sueltos. Un pesado es alguien que da la charla o insiste sobre algo y no se da cuenta –o sí- de que la peña está muy aburrida ya de sus cosas. Los hay que cuentan batallitas una y otra vez sin cesar, y también los que no paran de repetir “qué guapa eres, qué bien te queda esa camisa, muy bonita esa falda”, y no saben que a las mujeres, si eso no se lo dice el hombre que les gusta, no les hace mucha gracia, con lo que el efecto es el contrario al buscado. Por eso, no repetirse.

A las féminas les encanta estar a dieta. Todas las chicas que conozco llevan toda la vida a régimen: las delgaditas, las rellenitas, las que ni una ni otra cosa… Creo que es algo normal en ellas. La diferencia es que nosotros, si nos ponemos a dieta, nos ponemos y ya está.

Bien, creo que con estas cosillas ya te puedes desenvolver bien por el mundo. Suerte.

Pautas para convertirte en un ligón de discoteca (I)

Hoy voy a enseñarte a ligar. Te daré unas pautas que te van a convertir en lo más de lo más; en el guay entre los guays; sencillamente, en el mejor Don Juan que jamás se haya visto u oído.

Sitúate. Viernes noche. Tú estás tirado en el sofá viendo una peli de serie B. Tienes dos opciones. Una, quedarte sopa media hora después mientras la baba te cae por la comisura de la boca sobre el cojín. La otra, y ésta es la que yo te recomiendo, que levantes tu culo gordo de ahí, te metas en el baño y te pegues una buena ducha –y de paso te cambies de calzoncillos-.

Seguimos. Suponemos que te has duchado ya, vestido, puesto gomina (Patrico era la que se usaba antes porque, aunque te dejaba el pelo acartonado, era la única que te aseguraba que tu cabello no se movería ni un pelo –permíteme la redundancia- en toda la velada). Ya estás listo para salir “de caza”. Pero antes mírate en el espejo por última vez. El del recibidor vale. Sonríe, enseña los dientes. Más. Más aún coño, que te duelan los mofletes, que eso es lo que va a ver ella cuando la otees cual águila a su liebre en la disco. Pícate un ojo para ver cómo lo haces. Que no te salga muy forzado que queda feo. Vale. Sal ya de casa.

Me ahorro el trayecto porque igual vas en coche, en metro, en guagua (autobús), a pie o en taxi, pero vamos, que no tiene ciencia lo de ir de tu casa a la disco. ¿Ya estás en el local? De acuerdo, es aquí donde empieza el tema, el tomate, la salsa de tomate.

Según entres, lo primero que has de hacer es echar una visual genérica al lugar: cuánta gente puede haber allí; de los que hay, cuál es la proporción de chicas, si éstas van en grupo, etc. Retén en tu mente alguna que te haya hecho tilín y ve a la barra a por tu bebida favorita. Pídela y tómatela. Te servirá para entonarte, porque, salvo que seas Tony Manero, no creo que de entrada vayas a ir a saco a hablar con ella.

No te lo vas a creer, pero tengo que consultar mis apuntes para continuar. Entiéndelo, es algo muy importante y no te puedo decir cosas a la ligera sin antes cerciorarme de que vas a “triunfar” y de que sigues, uno a uno, los pasos establecidos. Venga, en mi próximo artículo seguimos.

Las cosas “de toda la vida” y otras cuestiones

Oye, ¿cuándo empieza algo a ser “de toda la vida”? Tú seguro que lo sabes. Yo es que me lo planteé el otro día cuando me preguntaron si una tienda estaba aún en una calle determinada de mi ciudad y yo dije “sí, claro que está allí, es la de toda la vida”. Pero el caso es que luego, reflexionando un poco, me pregunté: “¿de toda la vida de quién, de la mía, de la de mis padres, de la de mis abuelos?”.

Es algo parecido a cuando te das cuenta de mayor de cosas que todo el mundo sabía menos tú. Por ejemplo –y no te metas conmigo por ello ni me consideres inculto-, hasta hace muy poco yo llamaba “petril” al borde de las aceras, cuando el nombre correcto es “pretil”. La cuestión es que llevaba más de 30 años diciendo mal esa palabra porque, por lo que fuera, nunca había tenido la necesidad de escribirla hasta un día en el que me dí de bruces con la cruda y dura realidad: que hacía la tira de tiempo que venía metiendo la gamba y nadie me había dicho nada. Igualito que pasa con la famosísima gallina de la canción del mítico programa de Los payasos de la tele (con Fofito, Miliki y los demás). Si hombre, ésa que la mitad de los españoles llamamos Turuleta pero que parece que se llamaba Turuleca la tía. Vaya mosqueo tendrá con nosotros la pobre, seguro que está hasta los huevos…

Y todo eso me llevó a su vez a pensar en un ejemplo parecido pero más “escatológico”, si me permites. No vayas a pensar que me gustan los mocos porque sea el segundo artículo en el que los menciono, pero me viene al pelo. ¿No te has encontrado con gente que viene a hablar contigo y le ves que tiene un moquillo asomando por uno de los agujerillos de la nariz? Y cuando te has visto en esa situación, ¿se lo has dicho al afectado? La verdad es que es embarazoso porque, sobre todo si no tienes confianza con el susodicho, resulta violento soltarle “¡chacho, que tienes un moco!”. Pero lo peor no es eso (y es aquí donde lo uno con lo anterior). Lo peor es cuando el moco lo tienes tú y nadie te dice nada. Y después de haber estado hablando con alguien media hora o lo que sea, te marchas y te miras en un espejo y te das cuenta del ridículo que has hecho.

Bueno, lo dejo aquí por hoy. Son simplemente cosillas chungas de las que nadie habla y que yo, como  tengo este blog, pues lo hago. Abracitos.

Ponerse malo es chungo, y algunos médicos, peor

Sí, sí, mu shungo. Quiero decir que, si puedes, no te pongas malo. Sé que no depende de ti, pero haz lo posible. En realidad, más que por el hecho de ponerte enfermo en sí,  lo digo por quienes nos tienen que curar. Tampoco me refiero a cosas que se pueden sanar fácilmente como algún catarro o conjuntivitis leves, que vas al médico y te manda unas pastillas o unas gotas y al par de días estás como nuevo. Hablo de cuestiones más complicadas.

Lo digo ya. Tengo la desagradable sensación de que hay algunos doctores (menos mal que los menos) que no tienen idea de nada. Te pongo un ejemplo. Sufro un dolor en la muñeca desde hace un año aproximadamente. He visitado a cuatro especialistas diferentes. Y ninguno de ellos ha coincidido con el diagnóstico dado por el otro: uno, que no tenía nada; otro, que era un nervio pinzado; el tercero, que se trataba de una tendinitis, y el cuarto, que el hueso está desplazado y que hay que operar. ¿A cuál hago caso?

Lo que acabo de contar no es algo excepcional, por desgracia. Hace algunos años tuve otro dolor en un dedo del pie, y lo mismo: vagué por seis  médicos diferentes, cada uno de los cuales me decía que tenía algo que no coincidía, desde luego, con lo que el anterior había diagnosticado. Hasta que di con uno muy bueno y me solucionó el problema justo antes de que otro, con quien ya tenía cita para operar, me cortara un dedo (así me lo dijo, creedme: “por lo pronto te quitaremos el dedo, y a lo mejor el pie entero, vete haciéndote a la idea”; todavía me acuerdo como si fuera hoy).

Así que cuando me pongo malo o me duele algo y no se me cura fácilmente, rezo para que me toque un médico bueno. Porque unos, afortunadamente la mayoría, te salvan. Y otros ni te cuento.