Los pobres son buenos y los ricos no

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Autor: DonkeyHotey

Qué felices somos pensando que los ricos son, en general, personas egoístas que si han logrado amasar fortuna debe haber sido mediante la utilización de métodos éticamente discutibles. Qué tranquilidad nos da a los pobres el creer estar en posesión de la verdad absoluta. Llama la atención cómo nos congratulamos al ver que los demás pobres piensan exactamente igual; eso se comprueba cuando, estando en grupo, nos repetimos que los millonarios están disfrutando ahora de los placeres de la vida. Pero nosotros estamos tranquilos porque —como ya dijo Jesucristo hace dos mil años— es más difícil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de los Cielos… ¿Pero sabes qué? No estoy para nada de acuerdo.

Conozco muchos pobres dignos de elogio, y otros que en absoluto, que son tan egoístas como algunos ricos. Los hay vagos y acomodados que nunca han hecho nada por mejorar su situación. Envidiosos también, y enrevesados a montones. Hay de todo en todas partes. Ricos y pobres en el lado oscuro y en el lado luminoso. Cualquiera de nosotros, independientemente del dinero de que dispongamos, tenemos un pie (o los dos) a veces por allá y otras por acá de línea.

Lo mismo ocurre en las empresas entre jefes y subordinados. Los primeros deben apechugar con el sambenito, salvo prueba en contrario, de su magna incapacidad para lograr nada bueno. Afirmaciones de que seguro que están donde están porque alguien les ha dado el puesto por enchufe —pero que todo el mundo sabe que no lo merecen—se oyen a menudo en los pasillos de las empresas. ¿De veras que todo eso es cierto? Conozco empleados muy serios y responsables, y también de los que no dan un palo al agua. Y jefes que quizá no estén del todo o nada preparados para ejercer sus funciones, pero otros que representan un modelo de inspiración personal y profesional; unos auténticos linces en lo suyo y que además tratan de maravilla a su gente.

En la vida muy pocas cosas son blancas o negras, y menos aún de manera definitiva. Deberíamos mirar un poco más allá. Huir de los estereotipos que nos hacen juzgar a determinadas personas como “buenas” o “malas” según el lugar del mundo en el que les haya tocado vivir o hayan elegido estar, sin filtros que suavicen o modelen una imagen que en demasiadas ocasiones es irreal. Sinceramente, yo no soy juez. Ni quiero serlo.

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