Ya no soy un inútil (creo)

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Durante mucho tiempo fui un inútil; más o menos por espacio de 20 años. Me enteré con 17, esa época en la que era un imberbe aún. Todo fue culpa del Ejército y de cuando nadie se libraba de ir a la mili salvo razón justificada. El papel todavía lo guardo: “Exento del servicio militar por INÚTIL”, pone, con lo de inútil en mayúsculas.

Yo era miope, y nunca olvidaré el día que tuve que ir al Hospital Militar a medirme la falta de vista. Con cuatro dioptrías que tenía entonces se suponía que ya quedaba liberado de la mili, aunque hasta que no lo certificaran no las tenía todas conmigo.

Recuerdo que éramos una decena de chavales los que esperábamos por fuera de la consulta del oftalmólogo. No todos pasamos dentro. Entre nosotros había uno con gafas de culo de botella, y a ese, nada más verlo, el doctor le dijo: “Tú, estás exento, te puedes marchar tranquilo”. Y el chico se fue casi que tocando palmas de la alegría mientras por dentro los demás -yo incluido- maldecíamos su suerte.

El resto sí entramos, pero no durábamos ni 30 segundos. Cuando llegó mi turno, me dijo que me sentara en una silla, me quitara las gafas y leyera las letras que tenía enfrente. Achiné los ojos… los achiné un poco más… los volví a achinar una última vez… ¡imposible!, ¡no distinguía nada! “Vale hijo, te libras”, fueron sus únicas palabras. No me hizo más pruebas ni me miró a través de ningún aparato. La verdad que yo tan contento a pesar de que paradójicamente fuera por no ver tres montados en un burro.

Mi caso no es único. Fíjate que tenía a un amigo que jugaba al baloncesto a nivel semiprofesional y también lo declararon inútil por tener los pies planos. Nunca lo entendí, porque el tío se hacía unos mates alucinantes en los partidos. Saltaba que parecía un canguro y corría como una liebre; ¡tendrías que haberlo visto! Pero según el ejército era un inútil. Un completo inútil que no valía para nada según ellos.

De modo que mi mayor acercamiento a la vida castrense se limita a un campamento militar para niños al que mis padres me mandaron cuando tenía 13 años. Y en él solo aprendí una cosa: a hacer pan. Un día vinieron unos cuantos miembros de la COE (Cuerpo de Operaciones Especiales) y nos enseñaron lo imprescindible para elaborarlo: a buscar las semillas de trigo, a triturarlas, a amasarlas con la forma adecuada y a fabricar un horno de supervivencia con piedras para hornearlo. Supongo que por si te quedabas un día solo en la selva al caer en paracaídas y te entraba el hambre. Vamos, algo superútil; la bomba.

Por cierto, señores del Ejército: dejé de ser un inútil hace tres años, cuando me operé de la miopía, ¡toma ya!

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