Te iría mejor en una tribu

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¿Y si la vida no tuviera un propósito? ¿Y si estamos aquí solo para procrear y ya? ¿Y si eso de que el destino está escrito en las estrellas y si tú lo deseas con todas tus fuerzas el Universo entero se conjura para que se cumpla no son más que pamplinas; simples impertinencias repetidas por insensatos ingenuos -o no tan ingenuos-?

He llegado a la conclusión de que están jugando con nuestros sueños. O mejor: que interesa que creamos que hay que tener sueños para ser felices. Pero no es verdad.

Los hombres y mujeres de las tribus -en general de cualquier tribu- no se plantean que su vida deba tener un sentido mágico que hayan de cumplir a toda costa. Se limitan a vivir, o lo que se entiende por vivir en una tribu: dormir, comer, procrear y, de vez en cuando, celebrar alguna fiesta ceremoniosa. Pero ninguno de ellos anhela ser astronauta, actor o abogado de famosos. Y ni mucho menos se le ocurre que hasta que lo consiga, dedicará toda su vida a intentar serlo, desdeñando las alegrías y tristezas del día a día cotidiano, a las que considera cosa menor. No, no. Simplemente desean una existencia tranquila, en paz y armonía con los suyos y con el entorno. Punto.

Ahora no vivimos en tribus, al menos no la mayoría de nosotros. Lo hacemos en eso que llaman “sociedades modernas”. Un término habitualmente asociado a ciudades más o menos grandes en las que nuestro anhelo es poseer un piso o casa, un coche a ser posible de gran cilindrada o que llame mucho la atención porque sea rápido y más bonito que el del vecino, y un trabajo que nos permita desarrollarnos profesionalmente (sic). Y ese es el caldo de cultivo ideal para las frustraciones que tan habituales son entre la gente de nuestro tiempo.

Esas “sociedades modernas”, previo bombardeo mediático con historias de aquellos pocos elegidos que sí han conseguido triunfar (muchos por razones inexplicables), te hacen creer que al igual que ellos tu destino está escrito en el Cosmos, y que tu responsabilidad es ir a buscarlo. De otro modo, dicen, habrás desperdiciado tu vida nadando en la mediocridad del que se conforma con lo mínimo. Hay gente que lo cree, y por ejemplo, se va a Madrid a trabajar de cualquier cosa pensando que tarde o temprano llegará su oportunidad. Esperan, esperan y esperan pero la oportunidad nunca llega, o si lo hace, es en muchos casos fugaz, envenenada, irreal. Porque nada es como soñaste que sería.

En tu sueño color de rosa no había sueldos indignos ni horarios descabellados. Te topas con que tu rosa es en verdad un gris soso y tristón, y en algunos casos hasta negro. Y te das cuenta de todo el tiempo (y dinero) que has perdido para llegar al final de un camino que quizá nunca debiste haber iniciado. Y deseas haber nacido en una tribu. Y es cuando mandas todo a tomar por culo y te compras un taparrabos.

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