Los sueños están hechos de París

¡Qué listas! Incluso las cigüeñas se inventaron que los bebés venían de París para tener así una muy poderosa excusa que les permitiera visitarla. La capital francesa da razones de espabile a la existencia más anodina. Es la ciudad donde se levantan algunos de los monumentos con mayor encanto del mundo ,y ese lugar elegante y de moda en el que los crepes son prêt-á-porter. La urbe que agota las tarjetas de memoria hasta de la cámara de fotos más chula justifica aprender francés solo para decir je t´aime.

Los Campos Elíseos. Foto: Octavio Toledo.

Yo compro

Miles de japoneses igual que en el metro de Tokio a las ocho de la mañana, como si no hubiese tiendas en su país. En las distinguidas Galerías Lafayette se conjuga el verbo comprar un millón de veces al día. Hay de todo por todos lados en sus siete plantas, de modo que quien venga expresamente a eso encontrará ropa, perfumes, joyas y complementos – por ejemplo- como para llevarse medio París en la maleta. En el hipotético caso de que el comprador no haya quedado cegado por la experiencia, que levante la cabeza y admire la luminosa y colorida cristalera del techo del edificio central. Luego, para coger resuello se impone subir a la terraza del último piso y deleitarse con la panorámica que ofrecen los tejados de París hasta donde alcance la vista, que se topará con algunos de los monumentos más conocidos de la capital, la torre Eiffel o la basílica del Sagrado Corazón entre ellos.

Si hay ganas de seguir y la tarjeta de crédito todavía respira, la rue Saint Honoré propone en sus prestigiosas boutiques un gasto más sosegado y también más sibarita. De ahí, un salto a los cercanos Campos Elíseos, avenida que visita todo el que pone un pie en París y en la que el espectáculo es la gente. Los miles de viandantes que recorren esta vía cada minuto son atractivo suficiente como para sentarse en alguna de sus cafeterías y liberar el instinto voyeur (palabra que tenía que ser, justamente, de origen francés).

Un ¡hurra! por el arte

La habitación de Van Gogh. Museo de Orsay. Autor_ Comunica TI

En la pinacoteca más descomunal del mundo, el museo del Louvre, hacen falta días para aprehender al completo la genialidad de las obras de arte, entre pintura, escultura y antigüedades, que ocupan sus salas. Si no sobra el tiempo, una visita exprés se puede componer de la contemplación de tres imprescindibles: la Gioconda, la Venus de Milo y la Victoria de Samotracia. Pero no deja de ser un sacrilegio imperdonable perderse todo lo demás.

La revolución de la pintura habita en el museo de Orsay, cerca del Louvre en distancia pero en sus antípodas conceptuales. El impresionismo de las obras de Van Gogh, Loutrec, Manet o Monet, que provocan experiencias cercanas a lo religioso en el observador entregado, dan vida a esta antigua estación de trenes presidida en su hall por un majestuoso reloj que el visitante puede aprovechar para poner el suyo en hora.

El éxtasis vanguardista del arte planetario está representado por el museo Georges Pompidou. Edificio con las entrañas a la vista que desmonta, nada más toparse con él, la idea que se traía hasta entonces acerca de lo que era un edificio: a partir de ese instante ya no serán exclusivamente cuatro paredes. Su explanada exterior es el mejor lugar para divagar sobre esa y otras cuestiones trascendentales. Dentro aguardan obras magistrales que golpean la conciencia.

Comer por comer

Crepe de chocolate. Autor: wallyg.

París no es un crêpe. Son miles de crêpes de cientos de sabores diferentes, aunque los rellenos de crema de chocolate y, a mucha distancia, los de frutas y helado, son los más populares. Una ciudad dulce en la que dominan las brasseries, el equivalente a lo que en España se conoce por cafetería, restaurante y bar todo en uno. En ellas llama la atención: que se encuentran por doquier; que las sillas de sus terrazas están colocadas mirando hacia los viandantes a modo de butacas de teatro donde el espectáculo lo representan los que pasan; y que el tamaño de las mesas es mínimo, con lo que el espacio para los comensales es tan reducido que parecen sentados alrededor del pupitre de un colegio de Infantil sobre el que no les caben ni los codos. Pero siempre están a tope.

Al ser la comida en París exquisita, decantarse por uno u otro lugar para complacer al sentido del gusto es mera cuestión irrelevante. Los más exigentes pueden optar por el Tailleven, local regentado por uno de los mejores chefs parisinos. Situado cerca de los Campos Elíseos, garantiza que los más de 60 euros por persona de su menú medio se consideren perfectamente invertidos. Para presupuestos más modestos, el Chartier, en la zona de las Tullerías, donde paladear una sopa rica, rica.

Torre Eiffel iluminada. Foto: Octavio Toledo.

Enorme París

Desde arriba, París se ve enorme. Una ciudad tan grande se hace aún más inmensa si la mirada nace en la torre Eiffel, a 320 metros de altura. Obligatorio ir a ver de cerca esta genialidad de hierro para desterrar la sensación de haber desperdiciado el viaje a la capital francesa si no se ha pasado por aquí. Aunque sea para contemplarla desde abajo en el caso de no estar dispuesto a integrarse en la larga cola diaria que forma una infinidad de turistas ansiosos por despegar hacia el último piso (hasta el que se accede exclusivamente en ascensor).

A los pies de este gigante metálico puede dar comienzo un recorrido en barco por el Sena. Paseo que promete una perspectiva diferente de la ciudad de la luz, cuyo brillo se atenúa levemente a medida que se navega: los muros de las márgenes del río son tan altos que la embarcación queda oculta entre ellos, lo que dificulta la visión y difumina la magia por unos instantes. Se vuelve a recuperar al arribar a la imponente Notre Dame y al reparar en las inquietantes gárgolas esculpidas en el exterior de esta catedral, con sus bocas abiertas para espantar el mal.

Algo más al norte, en la colina que domina la ciudad, la basílica del Sagrado Corazón de Montmartre regala espléndidas panorámicas y un paseo por diminutas rues empedradas en las que artistas callejeros insisten a los turistas que posen para un retrato a mano alzada a cambio de 20 euros. Es, a pesar de esa ligera molestia, uno de los rincones más pintorescos de París.

La ciudad se mueve

El alegre barrio Latino, en la orilla izquierda del Sena, bulle cada día con sus cafés y clubes de jazz. Ideal para adentrarse en sus recovecos y curiosear. En la otra punta de la capital, las bailarinas del can-can marcan el ritmo de la noche en el emblemático Moulin Rouge. Es la zona de Pigalle, donde bohemios y artistas como Picasso o Dalí hallaron inspiración. Calles y callejuelas plagadas de cabarets, brasseries con el disfraz de bar de copas y discotecas que ponen el puntito animado y gamberro a la ciudad de la moda.

Para maldecir la resaca la mañana siguiente, o sencillamente porque sí, los Jardines de Luxemburgo proponen sentarse en alguna de sus cientos de sillas desplegadas por todo el parque y, mejor si es frente al coqueto estanque central de ocho lados, cerrar los ojos para entregarse al placentero sueño parisino.

Anuncios

3 comments

  1. Pingback: Los sueños están hechos de París
  2. Pedro Delgado · octubre 8, 2012

    Nunca estuve en Paris personalmente. Vuelos virtuales informáticos sobre Paris he tenido muchos. Muchas intenciones fallidas. Si algún día consigo llegar, me acordaré de este paseo de tu mano, tan sustancioso que me refresca los deseos de ir de verdad.

    • autor · octubre 16, 2012

      Muchas gracias! Ojalá puedas conocerla, merece mucho la pena. Saludos!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s