Apoyo a una compañera periodista

El triste suceso ocurrido el viernes pasado en La Palma, en el que una joven de 27 años era supuestamente asesinada por su pareja tras ser rociada con gasolina y prendida fuego, ha conmocionado a la isla y a toda Canarias.  Pero este artículo no se centra en este repugnante caso de violencia de género en sí, sino en una historia colateral que ha generado cierta polémica.

Un periódico de tirada nacional publicaba al día siguiente una fotografía en la que la víctima aparecía junto a uno de los bailarines de la Danza de los Enanos. Una instantánea que fue tomada la noche antes del crimen. El diario decía en el pie de foto que ese bailarín era su pareja, y por tanto, los lectores deducían que se trataba de su asesino. El enfado se propagó rápidamente entre los palmeros, y como es lógico, llegó hasta el propio afectado. El diario, que ha asumido el grave fallo cometido, publica hoy una apropiada rectificación, algo obligado por las más elementales normas de ética.

Como suele ser habitual, en las redes sociales se han extendido los comentarios (comprensibles por otra parte) acerca de ese error. Pero entre las muestras de indignación general se han colado opiniones de otros periodistas señalando directamente a la redactora que firma la información como responsable inmediata del mismo, insinuando algunos además que se puede enfrentar a acciones legales por parte del afectado. De modo que es necesario hacer algunas matizaciones.

Esos periodistas que cargan contra la redactora contravienen la primera norma que nos enseñan en las facultades de Periodismo nada más empezar la carrera: hay que contrastar, contrastar y contrastar la información. Por lo que se ve aquí, nadie lo ha hecho antes de acusarla.

Se quejan los que pretenden meter el dedo en el ojo de la compañera de que la información ha provocado un linchamiento del joven bailarín, a quien se sabe que no solo se le han pedido disculpas a través del mismo medio de comunicación sino personalmente. Sin embargo, asistimos a otro linchamiento: el que estos mismos justicieros de las redes sociales practican contra la periodista sin haberse dirigido a ella para preguntarle (para contrastar, contrastar, contrastar). Entre un caso y otro existe nítida línea divisoria: en el primero se trata de un error involuntario; en el segundo, no. Da la impresión de que se busca hacer daño al mencionarla con nombre y apellidos.

No me sorprende que esto se produzca. Las redes sociales se prestan a este tipo de comportamientos en los que basta que alguien encienda una llama para que una información, acertada o no, se propague como la pólvora. Sobran las reacciones impulsivas y escasean las meditadas. Todos cometemos errores a diario, los veo continuamente en los medios de comunicación. El principal rasgo que diferencia a unos profesionales de la comunicación de otros es simple: los de verdad, cuando se equivocan, lo asumen y piden disculpas sinceras.

Los pobres son buenos y los ricos no

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Autor: DonkeyHotey

Qué felices somos pensando que los ricos son, en general, personas egoístas que si han logrado amasar fortuna debe haber sido mediante la utilización de métodos éticamente discutibles. Qué tranquilidad nos da a los pobres el creer estar en posesión de la verdad absoluta. Llama la atención cómo nos congratulamos al ver que los demás pobres piensan exactamente igual; eso se comprueba cuando, estando en grupo, nos repetimos que los millonarios están disfrutando ahora de los placeres de la vida. Pero nosotros estamos tranquilos porque —como ya dijo Jesucristo hace dos mil años— es más difícil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de los Cielos… ¿Pero sabes qué? No estoy para nada de acuerdo.

Conozco muchos pobres dignos de elogio, y otros que en absoluto, que son tan egoístas como algunos ricos. Los hay vagos y acomodados que nunca han hecho nada por mejorar su situación. Envidiosos también, y enrevesados a montones. Hay de todo en todas partes. Ricos y pobres en el lado oscuro y en el lado luminoso. Cualquiera de nosotros, independientemente del dinero de que dispongamos, tenemos un pie (o los dos) a veces por allá y otras por acá de línea.

Lo mismo ocurre en las empresas entre jefes y subordinados. Los primeros deben apechugar con el sambenito, salvo prueba en contrario, de su magna incapacidad para lograr nada bueno. Afirmaciones de que seguro que están donde están porque alguien les ha dado el puesto por enchufe —pero que todo el mundo sabe que no lo merecen—se oyen a menudo en los pasillos de las empresas. ¿De veras que todo eso es cierto? Conozco empleados muy serios y responsables, y también de los que no dan un palo al agua. Y jefes que quizá no estén del todo o nada preparados para ejercer sus funciones, pero otros que representan un modelo de inspiración personal y profesional; unos auténticos linces en lo suyo y que además tratan de maravilla a su gente.

En la vida muy pocas cosas son blancas o negras, y menos aún de manera definitiva. Deberíamos mirar un poco más allá. Huir de los estereotipos que nos hacen juzgar a determinadas personas como “buenas” o “malas” según el lugar del mundo en el que les haya tocado vivir o hayan elegido estar, sin filtros que suavicen o modelen una imagen que en demasiadas ocasiones es irreal. Sinceramente, yo no soy juez. Ni quiero serlo.

El capo ha vuelto

La historia del supuesto robo continuado de dinero —más de 600.000 euros— por parte del ya exresponsable financiero de Sinpromi, Andrés Pereira, podría ser simplemente la de otro individuo más que se aprovecha de su cargo para enriquecerse. Sin embargo, estamos ante un caso diferente que ilustra a la perfección hasta dónde es capaz de llegar la infinita capacidad de justificación del ser humano.

La figura del que era también presidente del equipo de fútbol sala Uruguay-Tenerife provoca sentimientos encontrados. Los responsables de la empresa en la que trabajaba hasta que lo echaron al enterarse del desfalco que al parecer obró, reprochan su actuación y se lamentan de haber confiado en alguien que acabó haciéndoles tal rastrera jugarreta. Pero a la vez oímos a varios miembros del club alabando al presunto corrupto; “es una buena persona”, afirman.

El capitán del equipo dice que no tiene nada que echar en cara a Pereira, y justifica su postura en lo bien que este se ha portado con ellos desde siempre. Es incapaz de condenar un proceder que incluso puede ocasionar la desaparición del propio club, y mandarlo a él y a todos sus compañeros a la calle. Pero no, no tiene nada que recriminarle.

Cuesta entender cómo esos mismos jugadores, incapaces de afear la conducta de su expresidente, piden entre lágrimas a la sociedad tinerfeña (al fin y al cabo, la misma a la que su querido Pereira ha engañado), que los apoye para evitar la desaparición del Uruguay-Tenerife.

A las organizaciones políticas situadas en la órbita de la banda terrorista ETA se les ha exigido siempre, como requisito previo para su admisión en el tablero democrático, que condenen la violencia ETA. Es el mínimo, la base sobre la que después se podrá empezar a construir todo lo demás. Quizá al Uruguay-Tenerife habría que pedirle lo mismo. ¡Sería tan sencillo reprobar la actuación de Andrés Pereira! Bastaría con que manifestaran públicamente que les ha defraudado y que deploran lo que ha hecho. Y por qué no, de paso podrían pedir perdón a Sinpromi y a los discapacitados que la integran por haber recibido dinero suyo a través de Andrés Pereira, aunque desconocieran el origen verdadero de esos fondos (que se sepa hasta ahora pudo haber desviado hacia el club unos 80.000 euros).

¿Cómo se explica esta visión tan, en apariencia, distorsionada? Posiblemente no les hayamos escuchado censurar a su antiguo presidente porque no pueden hacerlo. Andrés era (es) alguien afable, simpático y persuasivo. Una especie de padre que estaba ahí cuando se le necesitaba. Ese gran amigo del alma que un día pagaba el arreglo de una dentadura y al otro viajes de placer a Estados Unidos (presuntamente). Es difícil borrar de un plumazo una relación que se ha ido forjando tan intensamente durante años. Resulta imposible olvidar a alguien que además ha sido el artífice de una hazaña inalcanzable hace solo un par de temporadas. Elevó en un tiempo récord al Uruguay-Tenerife a la cúspide del fútbol sala español, y con ello concedió a los jugadores una alegría personal y profesional que probablemente jamás imaginaron vivir. Los sacó de la nada y los convirtió en sujetos exitosos y admirables en el ámbito deportivo.

Así que de Andrés Pereira se podrían escribir dos artículos: ambos con argumentos completamente opuestos y, paradójicamente, ambos ciertos. Uno detallaría lo perverso que ha sido, criticaría las argucias que hipotéticamente orquestó para saquear las arcas de Sinpromi. Afirmaría que alguien capaz de tratar así a los discapacitados a los que representaba debe ir a la cárcel y pagar como merece por su indignidad. Pero, oh la lá!, se podría contar lo inverso también. Si lo escribiera alguien que lo ha tratado personalmente, le faltarían líneas para hablar de lo grandísimo ser humano que es, de su mano tendida y siempre dispuesta a ayudar. Exacto, un auténtico y contemporáneo Robin Hood. Ese hombre, Andrés: dios o diablo según quién opine sobre él.

Si fuera verdad que al día siguiente de estallar el escándalo creó un grupo de whatsapp con los jugadores al que puso el nombre de “El capo ha vuelto”, estaríamos, además de ante un supuesto delincuente y una estupenda persona, frente a alguien que vive en el límite de la realidad. Reflejaría a un individuo con una personalidad dicotómica alucinante. Un candidato a un pormenorizado y riguroso estudio psicológico que esclareciera cómo demonios funciona su mente.

La leche

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La Universidad de Harvard acaba de eliminar la leche y los derivados lácteos de la que consideran deber ser la nueva pirámide alimenticia ideal. Los expertos nutricionistas que la han elaborado argumentan que su consumo produce cáncer de próstata y de ovarios, entre otras enfermedades. Y yo pregunto: ¿qué demonios les ha la dado con la leche?

Circula desde hace años entre los detractores de este alimento para justificar su rechazo el argumento de que los animales que la toman  —los mamíferos— solo lo hacen mientras son crías, hasta los dos años de vida como máximo, y después ya nunca más la prueban. Pero eso es, simplemente, porque no pueden.

Ni los monos ni los perros saben ordeñar vacas ni elaborar queso o yogur. Os juro que si supieran lo harían. Igual que los animales tampoco beben vino, ni cerveza. Ni saben hacer un estofado ni un puchero, ni gofio. No saben hacerlo y por eso no lo toman, si no, ya veríais cómo se relamerían con un buen escaldón.

Además, los que reniegan de la leche hablan de los animales como si se alimentaran bien. Los leones, por ejemplo, se comen búfalos enteros, con toda su grasa; ¿no deberían tener el colesterol por las nubes? Y no prueban la fruta, cuando se supone que deberían tomar al menos cinco piezas al día, ¿no? Aún así, en los documentales de naturaleza los veo corriendo felices por la sabana y viviendo los años que tienen que vivir.

Yo seguiré bebiendo leche por mucho que desde Harvard digan lo contrario. Eso sí, desnatada por si acaso. Blanco y en botella.

Ya no soy un inútil (creo)

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Durante mucho tiempo fui un inútil; más o menos por espacio de 20 años. Me enteré con 17, esa época en la que era un imberbe aún. Todo fue culpa del Ejército y de cuando nadie se libraba de ir a la mili salvo razón justificada. El papel todavía lo guardo: “Exento del servicio militar por INÚTIL”, pone, con lo de inútil en mayúsculas.

Yo era miope, y nunca olvidaré el día que tuve que ir al Hospital Militar a medirme la falta de vista. Con cuatro dioptrías que tenía entonces se suponía que ya quedaba liberado de la mili, aunque hasta que no lo certificaran no las tenía todas conmigo.

Recuerdo que éramos una decena de chavales los que esperábamos por fuera de la consulta del oftalmólogo. No todos pasamos dentro. Entre nosotros había uno con gafas de culo de botella, y a ese, nada más verlo, el doctor le dijo: “Tú, estás exento, te puedes marchar tranquilo”. Y el chico se fue casi que tocando palmas de la alegría mientras por dentro los demás -yo incluido- maldecíamos su suerte.

El resto sí entramos, pero no durábamos ni 30 segundos. Cuando llegó mi turno, me dijo que me sentara en una silla, me quitara las gafas y leyera las letras que tenía enfrente. Achiné los ojos… los achiné un poco más… los volví a achinar una última vez… ¡imposible!, ¡no distinguía nada! “Vale hijo, te libras”, fueron sus únicas palabras. No me hizo más pruebas ni me miró a través de ningún aparato. La verdad que yo tan contento a pesar de que paradójicamente fuera por no ver tres montados en un burro.

Mi caso no es único. Fíjate que tenía a un amigo que jugaba al baloncesto a nivel semiprofesional y también lo declararon inútil por tener los pies planos. Nunca lo entendí, porque el tío se hacía unos mates alucinantes en los partidos. Saltaba que parecía un canguro y corría como una liebre; ¡tendrías que haberlo visto! Pero según el ejército era un inútil. Un completo inútil que no valía para nada según ellos.

De modo que mi mayor acercamiento a la vida castrense se limita a un campamento militar para niños al que mis padres me mandaron cuando tenía 13 años. Y en él solo aprendí una cosa: a hacer pan. Un día vinieron unos cuantos miembros de la COE (Cuerpo de Operaciones Especiales) y nos enseñaron lo imprescindible para elaborarlo: a buscar las semillas de trigo, a triturarlas, a amasarlas con la forma adecuada y a fabricar un horno de supervivencia con piedras para hornearlo. Supongo que por si te quedabas un día solo en la selva al caer en paracaídas y te entraba el hambre. Vamos, algo superútil; la bomba.

Por cierto, señores del Ejército: dejé de ser un inútil hace tres años, cuando me operé de la miopía, ¡toma ya!

Te iría mejor en una tribu

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¿Y si la vida no tuviera un propósito? ¿Y si estamos aquí solo para procrear y ya? ¿Y si eso de que el destino está escrito en las estrellas y si tú lo deseas con todas tus fuerzas el Universo entero se conjura para que se cumpla no son más que pamplinas; simples impertinencias repetidas por insensatos ingenuos -o no tan ingenuos-?

He llegado a la conclusión de que están jugando con nuestros sueños. O mejor: que interesa que creamos que hay que tener sueños para ser felices. Pero no es verdad.

Los hombres y mujeres de las tribus -en general de cualquier tribu- no se plantean que su vida deba tener un sentido mágico que hayan de cumplir a toda costa. Se limitan a vivir, o lo que se entiende por vivir en una tribu: dormir, comer, procrear y, de vez en cuando, celebrar alguna fiesta ceremoniosa. Pero ninguno de ellos anhela ser astronauta, actor o abogado de famosos. Y ni mucho menos se le ocurre que hasta que lo consiga, dedicará toda su vida a intentar serlo, desdeñando las alegrías y tristezas del día a día cotidiano, a las que considera cosa menor. No, no. Simplemente desean una existencia tranquila, en paz y armonía con los suyos y con el entorno. Punto.

Ahora no vivimos en tribus, al menos no la mayoría de nosotros. Lo hacemos en eso que llaman “sociedades modernas”. Un término habitualmente asociado a ciudades más o menos grandes en las que nuestro anhelo es poseer un piso o casa, un coche a ser posible de gran cilindrada o que llame mucho la atención porque sea rápido y más bonito que el del vecino, y un trabajo que nos permita desarrollarnos profesionalmente (sic). Y ese es el caldo de cultivo ideal para las frustraciones que tan habituales son entre la gente de nuestro tiempo.

Esas “sociedades modernas”, previo bombardeo mediático con historias de aquellos pocos elegidos que sí han conseguido triunfar (muchos por razones inexplicables), te hacen creer que al igual que ellos tu destino está escrito en el Cosmos, y que tu responsabilidad es ir a buscarlo. De otro modo, dicen, habrás desperdiciado tu vida nadando en la mediocridad del que se conforma con lo mínimo. Hay gente que lo cree, y por ejemplo, se va a Madrid a trabajar de cualquier cosa pensando que tarde o temprano llegará su oportunidad. Esperan, esperan y esperan pero la oportunidad nunca llega, o si lo hace, es en muchos casos fugaz, envenenada, irreal. Porque nada es como soñaste que sería.

En tu sueño color de rosa no había sueldos indignos ni horarios descabellados. Te topas con que tu rosa es en verdad un gris soso y tristón, y en algunos casos hasta negro. Y te das cuenta de todo el tiempo (y dinero) que has perdido para llegar al final de un camino que quizá nunca debiste haber iniciado. Y deseas haber nacido en una tribu. Y es cuando mandas todo a tomar por culo y te compras un taparrabos.

No es solo la economía, estúpido

Cuando los españoles dieron la mayoría absoluta al PP en noviembre de 2011 esperaban un Gobierno que les sacudiera la crisis y trajera la ilusión a un país que ya se encontraba en avanzado estado de descomposición. Una tasa de desempleo desbocada, una economía en retroceso y una inmensa sensación de hastío con el PSOE y su gestión económica provocaron el masivo apoyo a un gobierno popular que se presentaba como el único capaz de evitar la caída de España en el precipicio.

Los españoles pensaron que con un Ejecutivo con Rajoy a la cabeza la economía mejoraría, aunque ello implicase importantes sacrificios iniciales. Porque creyeron a un PP que les prometió que el país saldría adelante; que sería duro pero posible. Lo que no pensaron muchos de esos ciudadanos era que había una penitencia que pagar por todo ello.

No es solo que el Partido Popular esté sometiendo a los españoles (y especialmente a sectores de la población como funcionarios, mayores, dependientes o inmigrantes) a situaciones que no imaginaron. Se trata de que los populares están desplegando toda su artillería ideológica a través de medidas probablemente repudiadas por muchos de los que los votaron solo por razones económicas: la segregación por sexos en las escuelas, la modificación de la Ley del Aborto, la irrupción en RTVE de periodistas afines, la vuelta de los toros a la cadena pública…

Gran parte de los ciudadanos que les dieron su confianza en las urnas, muchos alejados, y otros incluso contrarios al modo de hacer política representado por la derecha, se encuentran ahora ante una realidad mucho peor de la que hubieran podido atisbar. Y así, esos ingenuos votantes asisten al retroceso en diferentes logros sociales que creían consolidados y a la apertura de debates sobre cuestiones que ya entendían superadas. Lo peor, que todo esto se está produciendo sin que ni si quiera vean vías de recuperación al leitmotiv que impulsó su voto: la economía.

Quiero vivir en la poesía

Una tarde en la apasionada clase de literatura que Elsa, una profesora de “menos de 74 años”, imparte a sus alumnos de 70 otoños de media

Elsa Hernández Baute. Foto: Octavio Toledo

Si hay vida después de los 30 y de los 50, no digamos pasados los 70; la hay y mucha, quizá cuando más. Da igual que la piel se arrugue y que en ocasiones haya de ayudarse de un bastón para andar. Los minutos y segundos se saborean como nunca y la poesía es la poderosa lente de aumento que permite hacer cada instante aun más intenso. Así que la profesora Elsa Hernández Baute y sus 14 alumnos (todas mujeres menos un hombre), la mayoría rondando los 70 años, disfrutan de las clases de literatura con la pasión de un adolescente.

Elsa imparte sus lecciones en el centro de mayores Isidro Rodríguez de Santa Cruz de Tenerife dos veces por semana. No le gusta reconocer su edad -“no la pondré ni en mi esquela”, señala-, pero esta mujer de aspecto frágil y menudo asegura tener “menos de 74 años”. No le falta ni su maletín de buena docente ni la hoja de asistencia de los alumnos para ponerles falta si un día no vienen. Quizá sea ella la culpable de que no se pierdan ni una de sus clases.

Elsa escribe en la pizarra mientras sus alumnos apuntan. Foto: Octavio Toledo

Elsa escribe en la pizarra mientras sus alumnos apuntan. Foto: Octavio Toledo

Todos coinciden en reconocer que es la mejor maestra que se puede tener. Comenzó a probar el oficio cuando, de muy joven, en un pequeño centro de educación auxiliar, su madrastra (también profesora) se tenía que ausentar, y entonces ella se hacía cargo de los niños.

Lo de la poesía vino después. Aunque de siempre le gustó escribir, decidió, sobrepasados ya los 40, publicar su primer libro, “cuyo dibujo de portada me hizo un niño de nueve años que pintaba fenomenal”. Desde entonces ha editado más de 11 de poesía y otro en prosa; ha creado varias tertulias literarias (ahora forma parte de la denominada Tagoror, en Tenerife), y mientras, contagia su pasión también a los niños de los colegios de la isla que la reclaman, además de publicar sus textos cada 15 días en un periódico de la provincia.

Escucha atenta sus explicaciones Lali, de 73 años. Desde que murió su marido se siente sola, por eso lleva tres años en los que no ha encontrado ninguna excusa para faltar cada semana a su cita con la poesía. “Me dijeron que Elsa enseñaba literatura, vine a una clase y me sedujo su cariño y que sabe de mucho pero no alardea de nada”, afirma. En ese instante, le suena el móvil y sale del aula. Una clase moderna.

Junto a ella, Candelaria. A su edad, 77 años, está a punto de publicar su segundo libro. El primero ya fue todo un éxito entre sus familiares y amigos. Cuenta que la poesía le estremece y emociona, “siento de repente algo por las venas y en la cabeza, y voy directa al papel y al lápiz”, apunta, y añade que cuando lee sus textos le da la impresión de no haberlos escrito ella “por lo intensos que me parecen que se me saltan las lágrimas”. Aquí todos tienen algo que contar. En la mesa de al lado, Loli, de 69 años, muestra orgullosa el recorte de periódico en el que posa al lado de la Infanta doña Cristina hace dos años, cuando fue finalista nacional del I Concurso de Relatos para Mayores de La Caixa.

En un momento la clase se alborota un poco entre comentarios acerca de lo que quiso decir el autor tinerfeño Orlando Cova cuando escribió La última fuerza, en pasajes como “ha anochecido y hace milenios que me alejo de tus brazos muertos, de mi entrega viva”. “¡Es que estaba enamorado hasta las trancas!”, dice una; “amar sin ser amado es remar contracorriente”, apunta otra; “eso es amor y lo demás son boberías”, matiza alguien más allá. El animado debate sobre los sentimientos que plasmó el poeta se zanjan con un firme y suave “shhh” de Elsa, que devuelve la tranquilidad al aula. “Es que los lunes se sublevan un poco”, los justifica.

Francisco el grande

Francisco habla con una compañera. Foto: Octavio Toledo.

Hoy es un día triste porque se les ha muerto un compañero, al que despiden cuando termina la clase. Como no podían hacer de otra forma, le dicen adiós con una poesía, que comienza con un emotivo “las lágrimas surcaron mis mejillas…”. El autor del sentido texto, que provoca los aplausos emocionados de los demás, es Francisco, de 50 años, el más joven con diferencia de los alumnos. Su imagen exterior, adornada con pulseras de cuero y cadenas, no concuerda con la de su interior, donde anida un poeta.

Un rato antes, Elsa le había pedido que leyera para todos el texto de Cova sobre el que tocaba trabajar hoy. Lo leyó pausado, recolectando (o eso parecía) cada una de las palabras que pronunciaba desde el fondo de su corazón. Ese es Francisco, alguien cuya propia vida contiene episodios como para escribir la segunda parte de Love Story. Por ejemplo, cuando conoció a la que ahora es su esposa.

Un momento de la clase. Foto: Octavio Toledo.

A los 21 años fue a una discoteca de Santa Cruz con dos amigos. Nada más entrar, vio al fondo a un grupo de chicas. Se percató de que a medida que él se aproximaba, una de ellas se iba separando de las demás. Cuando estuvieron casi a la misma altura, la joven se le acercó y le preguntó si quería bailar. La respuesta de Francisco fue “sí”. Estuvieron seis horas, bailaron “lentas y rápidas” y ni si quiera se separaron para ir al baño en todo ese tiempo. “No me quería despegar: el ambiente, la música… sentía su respiración y teníamos nuestras cabezas agachadas, pegadas una a la otra”, recuerda Francisco, que cuenta que al encenderse las luces del local para echar el cierre y salir a la calle -“si no, habríamos seguido”, advierte- le dijo a la muchacha: “Te quiero. Creo que estoy enamorado de ti”. Ese 18 de octubre de 1981 ella le contestó que para creerle tenía que encontrarse con ella a las cinco de la tarde del día siguiente en el Círculo de Amistad de la ciudad. Claro que fue, y desde entonces están juntos.

Luego vino lo de la mili, durante la que a él le tocó pasar unos meses en Mallorca. Para saciar su ansia escritora y ningunear la distancia, le mandaba dos cartas al día, una por la mañana y otra por la tarde; 400 en total, en las que hablaba de amor y de sus experiencias en la isla balear. No mucho menos prolífica fue ella, que le contestó con otras 200. Más adelante, ya convertidos en marido y mujer, la necesidad que sentían por fundirse uno con el otro fue tan grande que les provocó “un bloqueo psicológico”, explica Francisco. La prueba: que tras muchos intentos, el fruto de su amor tardó 19 años en llegar en forma de una niña que ahora tiene 5 años.

Es el final de la clase. La alumna Rosina, de 86 años, se despide de la maestra: “Profe”, le dice, “hasta el próximo día”. Una vez se han marchado todos, Elsa reconoce: “Tienen una ilusión tan grande que a veces los veo como niños”.

Yo, mayordomo

Un hombre de 39 años de Santa Cruz se ofrece para servir gratis a quien lo desee

A primera vista, el anuncio parece corresponder a alguien un pelín extraño con algún tipo de interés oculto. “Chico se ofrece a otro hombre como asistente doméstico y personal gratuito”. Ese es el texto aparecido en un anuncio de la sección de clasificados de un periódico de Santa Cruz de Tenerife el domingo pasado.

Rasgando un poco detrás de esas 12 palabras y un número de teléfono se esconde un hombre de 39 años llamado Carlos Mesa. Es profesor de instituto, sin problemas económicos, que rechaza que se piense en él como un friki cuando lo único que hace -señala- es ofrecerse de forma altruista a servir a otras personas, “sin más”. Por eso no entiende cómo puede sorprender que quiera trabajar gratis desempeñando esa clase de tareas. Aunque a continuación añade resignado que ni si quiera su familia ni amigos comprenden la razón por la que ha decidido lanzarse a la aventura de buscar a alguien que le permita cumplir su sueño servil.

El del domingo fue su primer anuncio en prensa después de tratar de convencer a su entorno más cercano de que le concediera el deseo de entregarse plenamente a su vocación. Pero tras varios días, el éxito ha sido escaso: solo dos llamadas y ambas interesadas en un encuentro sexual creyendo que se trataba de un anuncio que se había colado en la sección de empleo cuando debía haberse incluido en la de contactos. Pero no, dejó claro que lo que él desea es convertirse en un auténtico mayordomo.

Ya es jueves y aun espera descolgar el teléfono y que una voz le diga que quiere que le haga los recados, le recoja la casa, le coloque las zapatillas bajo la cama, le vaya a despertar con el desayuno, le abra las cortinas para que le entre la luz y cualquier otro menester del día a día doméstico. La idea es, en cualquier caso, empezar poco a poco: “En principio podría ir los fines de semana, así me voy probando y de paso voy conociendo a la persona y entablando amistad con ella”.

Carlos no tiene preferencias por nadie en especial. Está abierto a ponerse a disposición de cualquiera con una única condición: tiene que ser un hombre. Aclara que el motivo es que siente predilección por la figura masculina, más ligada a la tradicional del caballero o gentleman, y que no le atrae hacer este trabajo para una mujer.

Bien mirado, tal y como él mismo apunta, puede ser una forma de ir haciendo prácticas igual que las hace un becario en una empresa de cualquier otro ámbito profesional. Y es además una vía para formarse mucho más asequible que la de tener que trasladarse a alguna de las pocas escuelas que sobre este oficio existen en España, o incluso en el extranjero, “lo que me supondría un elevado coste económico”, explica.

Tiene tantas ganas de empezar que incluso se ofrece de mayordomo al periodista, o “alguno de tus amigos si tú no quieres”. El periodista le dice que no, que gracias, pero que con el artículo que escriba seguro que le surgen candidatos entre los lectores.

La guerra “buena” de Libia

No, mi niño, no. No todas las guerras son malas. Así que olvídate de ir pidiendo en Navidad eso de que “se acaben las guerras en el mundo”. Que se acaben sí, pero solo las guerras malas, las que nos quedan lejos o ni si quiera sabemos que existen. Las que nos tocan más cerca, depende. Si son contra alguien a quien hemos estado dándole palmaditas en la espalda y recibiendo en nuestros palacios, pero ahora no nos cae bien, esas que no se acaben hasta que ese personaje esté liquidado.

Porque Gadafi es el diablo en persona, y sus hijos y toda la gente que lo sigue. Y aunque nosotros lo apoyamos, sí, a pesar de que sabíamos que mataba a gente y tenía sometido a su pueblo, de repente nos hemos vuelto buenas personas. Por eso, estamos con los rebeldes, hijo mío. Les damos armas para que puedan matar bien y se hagan con el país, y pasen a cuchillo a todo el que se les ponga por delante que no sea de los suyos, de los buenos, de los santos, como nosotros.

Y no te pongas pesado con que Gadafi merece un juicio justo y esas minucias. Es obvio que es un asesino, por eso si se lo cargan a sangre fría, como hicimos con Bin Laden, mejor. También vale lo de Saddam Hussein, que lo mandamos a matar después de un juicio que nosotros consideramos justo. Matar es lo mejor que hay, aunque en nuestros países nos pongamos finos con que la pena de muerte es un horror. Ya sabes que la vida de un hombre no vale lo mismo aquí que allá, ni mucho menos, adónde va a parar. Hala, a mimí que ya es tarde.