“Un polvo por 10 euros; 3 por una paja”

Los brotes verdes de Zapatero hace tiempo que habrán debido menguar, porque la crisis no ha hecho más que aumentar en los últimos años. Para muestra, dos anuncios de prostitución que hoy han aparecido en los parabrisas de varios coches aparcados en las calles del centro de Santa Cruz de Tenerife, y que reproduzco a continuación.

En uno, más suave y comedido, en el que se anuncian “masajistas dispuestas a todo”, se ofrecen desde masajes deportivos a afrodisiacos, pasando por antiestrés y relajantes. Como curiosidad, y a modo de promoción del negocio, a quien lleve el panfleto en mano cuando acuda al lugar, la “Dirección del Centro” regala una invitación en su bar de lujo.

Mucho más explícito y llamativo es el segundo. Bajo el directo lema “Follar en tiempos de crisis”, el anuncio relata con detalle los servicios que presta una tal Magdalena, con el listado de precios de cada uno de ellos. Lo más económico, la paja, a 3 euros. El polvo vale 10 euros, y si son dos, 15. La mamada cuesta 5 euros. La verdad es que por la propia redacción del flyer, parece hasta de broma.

Fuera de lo anterior, lo que más me ha llamado la atención de este anuncio son tres cosas. La primera, que se utilice el método del parabrisas para vender unos servicios como esos de una manera tan descarnada. Otra, lo detallado de las indicaciones para el cliente que acuda a la casa. Si llama a la puerta pero no le abren, la chica le pide que insista “porque no te oigo duermo en la parte de atrás”. La última, que Magdalena abre “con zumo (con zeta) gusto”.

La guerra “buena” de Libia

No, mi niño, no. No todas las guerras son malas. Así que olvídate de ir pidiendo en Navidad eso de que “se acaben las guerras en el mundo”. Que se acaben sí, pero solo las guerras malas, las que nos quedan lejos o ni si quiera sabemos que existen. Las que nos tocan más cerca, depende. Si son contra alguien a quien hemos estado dándole palmaditas en la espalda y recibiendo en nuestros palacios, pero ahora no nos cae bien, esas que no se acaben hasta que ese personaje esté liquidado.

Porque Gadafi es el diablo en persona, y sus hijos y toda la gente que lo sigue. Y aunque nosotros lo apoyamos, sí, a pesar de que sabíamos que mataba a gente y tenía sometido a su pueblo, de repente nos hemos vuelto buenas personas. Por eso, estamos con los rebeldes, hijo mío. Les damos armas para que puedan matar bien y se hagan con el país, y pasen a cuchillo a todo el que se les ponga por delante que no sea de los suyos, de los buenos, de los santos, como nosotros.

Y no te pongas pesado con que Gadafi merece un juicio justo y esas minucias. Es obvio que es un asesino, por eso si se lo cargan a sangre fría, como hicimos con Bin Laden, mejor. También vale lo de Saddam Hussein, que lo mandamos a matar después de un juicio que nosotros consideramos justo. Matar es lo mejor que hay, aunque en nuestros países nos pongamos finos con que la pena de muerte es un horror. Ya sabes que la vida de un hombre no vale lo mismo aquí que allá, ni mucho menos, adónde va a parar. Hala, a mimí que ya es tarde.

Lo que gusta a las mujeres

Hago un pequeño parón en mis clases gratuitas sobre cómo convertirte en un ligón de discoteca para enseñarte algunas nociones básicas sobre qué es lo que gusta a las mujeres. Son unas pequeñas notas que te van a servir mucho en la vida.

A las mujeres les gusta la ropa. Hablo siempre de la mayoría, que hay excepciones. Les encanta ir de estreno, estar a la última. Se fijan mucho en cómo van vestidas otras mujeres y a menudo consultan revistas de moda y catálogos de tiendas para saber qué es lo más in. Sobra decir que los hombres, nunca, nunca, nos vestimos por lo que vemos en la tele o en una revista. Nosotros, simplemente, nos tropezamos con algo que nos gusta en la tienda y, si está bien de precio, nos lo compramos.

Ellas se pirrian con los cariñitos. Lo que para un hombre puede ser algo banal, como dar un abrazo en un momento determinado sin más, para ellas es la muestra más grande del amor; la prueba irrefutable de que estáis hechos el uno para el otro.

Las chicas odian a los pesados. Si hay algo que una mujer no soporta es a los tíos plastas, que, entre tú y yo, hay muchos por ahí sueltos. Un pesado es alguien que da la charla o insiste sobre algo y no se da cuenta –o sí- de que la peña está muy aburrida ya de sus cosas. Los hay que cuentan batallitas una y otra vez sin cesar, y también los que no paran de repetir “qué guapa eres, qué bien te queda esa camisa, muy bonita esa falda”, y no saben que a las mujeres, si eso no se lo dice el hombre que les gusta, no les hace mucha gracia, con lo que el efecto es el contrario al buscado. Por eso, no repetirse.

A las féminas les encanta estar a dieta. Todas las chicas que conozco llevan toda la vida a régimen: las delgaditas, las rellenitas, las que ni una ni otra cosa… Creo que es algo normal en ellas. La diferencia es que nosotros, si nos ponemos a dieta, nos ponemos y ya está.

Bien, creo que con estas cosillas ya te puedes desenvolver bien por el mundo. Suerte.

Pautas para convertirte en un ligón de discoteca (I)

Hoy voy a enseñarte a ligar. Te daré unas pautas que te van a convertir en lo más de lo más; en el guay entre los guays; sencillamente, en el mejor Don Juan que jamás se haya visto u oído.

Sitúate. Viernes noche. Tú estás tirado en el sofá viendo una peli de serie B. Tienes dos opciones. Una, quedarte sopa media hora después mientras la baba te cae por la comisura de la boca sobre el cojín. La otra, y ésta es la que yo te recomiendo, que levantes tu culo gordo de ahí, te metas en el baño y te pegues una buena ducha –y de paso te cambies de calzoncillos-.

Seguimos. Suponemos que te has duchado ya, vestido, puesto gomina (Patrico era la que se usaba antes porque, aunque te dejaba el pelo acartonado, era la única que te aseguraba que tu cabello no se movería ni un pelo –permíteme la redundancia- en toda la velada). Ya estás listo para salir “de caza”. Pero antes mírate en el espejo por última vez. El del recibidor vale. Sonríe, enseña los dientes. Más. Más aún coño, que te duelan los mofletes, que eso es lo que va a ver ella cuando la otees cual águila a su liebre en la disco. Pícate un ojo para ver cómo lo haces. Que no te salga muy forzado que queda feo. Vale. Sal ya de casa.

Me ahorro el trayecto porque igual vas en coche, en metro, en guagua (autobús), a pie o en taxi, pero vamos, que no tiene ciencia lo de ir de tu casa a la disco. ¿Ya estás en el local? De acuerdo, es aquí donde empieza el tema, el tomate, la salsa de tomate.

Según entres, lo primero que has de hacer es echar una visual genérica al lugar: cuánta gente puede haber allí; de los que hay, cuál es la proporción de chicas, si éstas van en grupo, etc. Retén en tu mente alguna que te haya hecho tilín y ve a la barra a por tu bebida favorita. Pídela y tómatela. Te servirá para entonarte, porque, salvo que seas Tony Manero, no creo que de entrada vayas a ir a saco a hablar con ella.

No te lo vas a creer, pero tengo que consultar mis apuntes para continuar. Entiéndelo, es algo muy importante y no te puedo decir cosas a la ligera sin antes cerciorarme de que vas a “triunfar” y de que sigues, uno a uno, los pasos establecidos. Venga, en mi próximo artículo seguimos.

Las cosas “de toda la vida” y otras cuestiones

Oye, ¿cuándo empieza algo a ser “de toda la vida”? Tú seguro que lo sabes. Yo es que me lo planteé el otro día cuando me preguntaron si una tienda estaba aún en una calle determinada de mi ciudad y yo dije “sí, claro que está allí, es la de toda la vida”. Pero el caso es que luego, reflexionando un poco, me pregunté: “¿de toda la vida de quién, de la mía, de la de mis padres, de la de mis abuelos?”.

Es algo parecido a cuando te das cuenta de mayor de cosas que todo el mundo sabía menos tú. Por ejemplo –y no te metas conmigo por ello ni me consideres inculto-, hasta hace muy poco yo llamaba “petril” al borde de las aceras, cuando el nombre correcto es “pretil”. La cuestión es que llevaba más de 30 años diciendo mal esa palabra porque, por lo que fuera, nunca había tenido la necesidad de escribirla hasta un día en el que me dí de bruces con la cruda y dura realidad: que hacía la tira de tiempo que venía metiendo la gamba y nadie me había dicho nada. Igualito que pasa con la famosísima gallina de la canción del mítico programa de Los payasos de la tele (con Fofito, Miliki y los demás). Si hombre, ésa que la mitad de los españoles llamamos Turuleta pero que parece que se llamaba Turuleca la tía. Vaya mosqueo tendrá con nosotros la pobre, seguro que está hasta los huevos…

Y todo eso me llevó a su vez a pensar en un ejemplo parecido pero más “escatológico”, si me permites. No vayas a pensar que me gustan los mocos porque sea el segundo artículo en el que los menciono, pero me viene al pelo. ¿No te has encontrado con gente que viene a hablar contigo y le ves que tiene un moquillo asomando por uno de los agujerillos de la nariz? Y cuando te has visto en esa situación, ¿se lo has dicho al afectado? La verdad es que es embarazoso porque, sobre todo si no tienes confianza con el susodicho, resulta violento soltarle “¡chacho, que tienes un moco!”. Pero lo peor no es eso (y es aquí donde lo uno con lo anterior). Lo peor es cuando el moco lo tienes tú y nadie te dice nada. Y después de haber estado hablando con alguien media hora o lo que sea, te marchas y te miras en un espejo y te das cuenta del ridículo que has hecho.

Bueno, lo dejo aquí por hoy. Son simplemente cosillas chungas de las que nadie habla y que yo, como  tengo este blog, pues lo hago. Abracitos.

Ponerse malo es chungo, y algunos médicos, peor

Sí, sí, mu shungo. Quiero decir que, si puedes, no te pongas malo. Sé que no depende de ti, pero haz lo posible. En realidad, más que por el hecho de ponerte enfermo en sí,  lo digo por quienes nos tienen que curar. Tampoco me refiero a cosas que se pueden sanar fácilmente como algún catarro o conjuntivitis leves, que vas al médico y te manda unas pastillas o unas gotas y al par de días estás como nuevo. Hablo de cuestiones más complicadas.

Lo digo ya. Tengo la desagradable sensación de que hay algunos doctores (menos mal que los menos) que no tienen idea de nada. Te pongo un ejemplo. Sufro un dolor en la muñeca desde hace un año aproximadamente. He visitado a cuatro especialistas diferentes. Y ninguno de ellos ha coincidido con el diagnóstico dado por el otro: uno, que no tenía nada; otro, que era un nervio pinzado; el tercero, que se trataba de una tendinitis, y el cuarto, que el hueso está desplazado y que hay que operar. ¿A cuál hago caso?

Lo que acabo de contar no es algo excepcional, por desgracia. Hace algunos años tuve otro dolor en un dedo del pie, y lo mismo: vagué por seis  médicos diferentes, cada uno de los cuales me decía que tenía algo que no coincidía, desde luego, con lo que el anterior había diagnosticado. Hasta que di con uno muy bueno y me solucionó el problema justo antes de que otro, con quien ya tenía cita para operar, me cortara un dedo (así me lo dijo, creedme: “por lo pronto te quitaremos el dedo, y a lo mejor el pie entero, vete haciéndote a la idea”; todavía me acuerdo como si fuera hoy).

Así que cuando me pongo malo o me duele algo y no se me cura fácilmente, rezo para que me toque un médico bueno. Porque unos, afortunadamente la mayoría, te salvan. Y otros ni te cuento.

No todo es posible

Sé que el titular puede resultar algo chocante, sobre todo porque estamos acostumbrados a oír lo contrario, ya lo sé. Bueno, dedícame tres minutos para que veas cómo me das la razón.

Llevan años comiéndonos la cabeza con que ser diferente es bueno y que a todos llega la oportunidad para cambiar nuestro destino, que parecía inamovible. La mayoría de los cuentos infantiles van de eso, de que después de mucho tiempo sufriendo o padeciendo injusticias, burlas y desaires, llega un día en que el príncipe aparece en todo su esplendor y deja sin efecto el hechizo que lo había convertido en rana. Un día en el que el zapato, por fin, encaja en el pie de Cenicienta, y en el que el patito feo emprende el vuelo y despliega su majestuoso plumaje de cisne ante la sorpresa y envidia a partes iguales de los patos burleteros, que se creían los más guays del pantano.

Luego, cuando te haces mayor, el cine no hace más que incidir en esa fantasía y te muestra películas con miles de protagonistas diferentes pero siempre con el mismo fondo: personas sufridoras e incrédulas de la vida a quienes un día, sin esperarlo, todo les da la vuelta. Y lo que era oscuro y negro pasa a ser luminoso y brillante; y lo triste se convierte en alegre. Donde los sueños se pueden tocar y dejan, por esa misma razón, de ser sueños. El paraíso en el que se es feliz y se come ¿perdiz?.

Pero nada de eso es cierto casi nunca. Los cuentos y películas son el reflejo del caso por millón en el que las cosas suceden así. El ejemplo del milagro único que se abre paso en contadísimas ocasiones en medio de la desazón que, al final, es la realidad para la mayoría de los mortales.

De modo que los niños que mueren de hambre en África (perdón por el topicazo pero fue lo que primero me vino a la cabeza y refleja perfectamente lo que quiero decir), seguirán muriendo, todos menos uno. Y los jóvenes de barrios marginales que se echan a la calle y a la droga seguirán haciéndolo, salvo uno o dos, por muchas películas y cuentos que les cuenten. Y así con todo. Qué putada.